Columna del 6 de noviembre de 2026
L'Hospitalet 0-2 Badalona
Invicto
Si el fútbol solo contara lo que sucede, la palabra invicto no existiría. Es un título hecho de ausencia: no dice lo que un equipo ha conseguido, sino lo que todavía no le ha pasado. El gol se celebra, la victoria se suma, el punto se anota. El invicto, en cambio, se custodia, como quien presume de no haber estado nunca enfermo sin saber muy bien qué mérito tiene eso. El latín lo dejó escrito hace siglos: invictus, el que no ha sido vencido. Una definición por negación, que es la manera más frágil de presentarse ante el mundo.
Las series largas tienen una biografía curiosa. Empiezan siendo un dato que nadie mira, se convierten en reputación y terminan como obligación. Al principio el equipo juega; al cabo de unas semanas, además, protege algo. La derrota deja de ser un resultado posible para convertirse en una amenaza, y el empate cambia de naturaleza: ya no es media victoria, sino un refugio. Hay rachas que empujan y rachas que pesan, y a menudo son la misma, vista en dos momentos distintos. El número crece y, con él, el miedo a ponerle punto final.
El L’Hospitalet llegó a la novena jornada de su grupo catalán de Tercera Federación como líder y sin conocer la derrota: tres victorias, cinco empates, catorce puntos levantados más a base de resistir que de ganar. Enfrente tenía al Badalona, décimo, un club del otro extremo del área de Barcelona. El visitante se marchó del Municipal con un 0-2 y, con él, se llevó algo que no figura en ningún marcador. Ocho semanas de cuidado terminaron un domingo de noviembre, en casa, ante un equipo que miraba la clasificación desde bastante más abajo.
Para entendernos, no hay nada de malo en empatar. Cinco igualadas pueden ser prudencia, mala fortuna o un poco de cada cosa, y la tabla las apunta igual, sin hacer preguntas. Ese es el límite de leer el fútbol con números: la clasificación sabe cuánto, nunca cómo. Menotti pasó media vida desconfiando del fútbol que sale a no perder, y lo entiendo mejor con los años. Quien juega para conservar algo acaba enfrentándose al miedo a perderlo, que es un rival que no se cansa nunca. No es una acusación; es la tentación que acompaña a cualquier secuencia sin derrotas.
Argentina ganó el Mundial de México sin perder un solo partido. Seis victorias y un empate, y sin embargo nadie recuerda aquel equipo como invicto: se le recuerda campeón, que es otra cosa. Yo estaba allí y puedo decirlo sin falsa modestia. El invicto es una palabra de mientras tanto. Si se llega a la meta, queda absorbida por otra más grande; si se pierde por el camino, se esfuma sin dejar rastro. No tiene posteridad. Por eso pesa tanto mientras dura: es todo lo que hay.
Tampoco conviene leer lo del domingo como un castigo a la cautela. Ocho jornadas sin perder hablan de orden y de carácter, y eso no se borra en noventa minutos. Además, el Badalona conoce el camino hacia ese campo: ya se llevó de allí un 0-2 en 2021, cuando ambos competían en Segunda B, y en febrero de 2025 le ganó 2-0 en su estadio. El L’Hospitalet, por su parte, guarda el recuerdo de una semifinal de la Copa Catalunya 2019-20 que resolvió a los penaltis contra este mismo rival antes de levantar el trofeo. Hay adversarios que no leen la clasificación: leen su propia historia.
El domingo, el L’Hospitalet perdió un adjetivo. Le quedan intactos todos los verbos.
Columna generada con IA e inspirada en el estilo de Jorge Valdano. No es un texto suyo: los recuerdos en primera persona son una recreación. Cómo se hace.