Valdaino

El fútbol que no sale en la tele, contado cada día

por Tinta Artificial

Columna del 7 de noviembre de 2026

Yagüe 4-0 Pradejón

Tercera Federación · Grupo 16 (La Rioja) · 31 de octubre de 2026

Claroscuro

Aprendí a jugar en un fútbol que no conocía el empate. En el potrero nadie se iba a casa con un resultado igualado. Cuando caía la noche y la pelota empezaba a confundirse con la tierra, alguien gritaba que el próximo gol ganaba, y el partido se resolvía a tientas, con más fe que vista. El empate es un invento de adultos. Pertenece a los clubes con secretaría, a las clasificaciones que suman de uno en uno, a quienes necesitan llevarse algo aunque la tarde no dé para mucho. El pibe del barrio no quería un punto. Quería ganar o, en su defecto, la revancha.

Algo de aquella intransigencia sobrevive en Logroño, en el barrio que da nombre al Yagüe. Nueve jornadas lleva el equipo en el grupo riojano de Tercera Federación y todavía no ha firmado un solo empate: tres victorias, seis derrotas, ningún término medio. Su última semana resume la temporada entera. Un domingo perdió 5-0 en Calahorra; el sábado siguiente, en El Salvador, le hizo cuatro al Pradejón sin encajar ninguno. Del abismo a la fiesta sin pasar por la sala de espera.

El fútbol de élite ha gastado fortunas en fabricar grises. Plantillas largas para que la fatiga no se note, analistas que estudian al rival hasta el último saque de banda, rotaciones que reparten el cansancio como se reparte el pan en una mesa grande. Todo ese aparato persigue lo mismo: que el equipo nunca sea del todo malo, aunque tampoco llegue a ser del todo bueno. La regularidad es lo que compra el dinero, y se vende como virtud. Abajo no hay presupuesto para la penumbra. Una baja, un mal día, un viaje incómodo, y el equipo pasa de la luz a la sombra sin transición, como en los cuadros de Caravaggio, donde las figuras salen de un fondo negro y no hay medias tintas que amortigüen nada.

Desde un banquillo conocí el día después de una goleada: el autobús en silencio, el vídeo que nadie quiere mirar, la sensación de que cualquiera te lee la derrota en la cara. Arriba, además, ese día se vive en público. El tropiezo se repite en cada pantalla, se discute en cada tertulia y se convierte en sospecha sobre el entrenador antes de que el equipo haya vuelto a ponerse las botas. En un club de barrio, un 5-0 se digiere entre pocos y casi a puerta cerrada. Ese silencio, que tantas veces se confunde con el olvido, tiene algo de privilegio: deja que un vestuario se lama las heridas sin testigos. La respuesta del Yagüe llegó pronto, y llegó con cuatro goles.

La biografía del club tiene el mismo dibujo. A lo largo de su historia, el Yagüe ha alternado las categorías regionales y la Tercera; ganó la Preferente en la temporada 2023-24 y regresó a un lugar que ya conocía. Hay clubes que crecen en línea recta y otros que respiran: se llenan, se vacían, vuelven a llenarse. Los segundos no aparecen en los manuales de gestión, pero sostienen buena parte del fútbol que se juega en este país. Su trayectoria no es una curva ascendente. Es un pulso.

Conviene no hacer de la necesidad una estética. El claroscuro es hermoso en un museo; en una clasificación duele. Diecinueve goles encajados en nueve jornadas dicen que a este equipo le cuesta proteger lo poco que tiene. Y el empate, tan despreciado en el potrero, es también una forma de inteligencia: la de quien sabe rescatar algo de una tarde torcida. Incluso después del 4-0, el Pradejón, con un empate en su cuenta, seguía cuatro puntos por encima. La madurez de un equipo se mide también por lo que salva en los días malos.

Algún día el Yagüe empatará. Ese día, en el barrio, alguien pedirá que se siga jugando hasta que anochezca.

Columna generada con IA e inspirada en el estilo de Jorge Valdano. No es un texto suyo: los recuerdos en primera persona son una recreación. Cómo se hace.

Fuentes