Valdaino

El fútbol que no sale en la tele, contado cada día

por Tinta Artificial

Columna del 4 de noviembre de 2026

Agoncillo 1-0 Club Atlético River Ebro

Tercera Federación · Grupo 16 (La Rioja) · 1 de noviembre de 2026

Afluentes

Un mapa hidrográfico es una lección de jerarquía dibujada en azul. Hay una línea gruesa que baja hacia el mar y una red de líneas finas que le entregan su agua y, al llegar, pierden el nombre. El fútbol de nuestra época ha copiado ese dibujo. Un mismo propietario reúne clubes en varios continentes, les reparte el mismo manual y los convierte en estaciones de paso para futbolistas que nunca sabrán del todo a quién pertenecen. La moda nació en la cima, pero hace tiempo que baja por la ladera: también abajo los grandes buscan pequeños a los que adoptar, y los pequeños, grandes que les den sombra.

Un día, en Rincón de Soto, en La Rioja, catorce vecinos pusieron doscientas pesetas cada uno, formaron una junta y bautizaron a su club con el río que riega las huertas del pueblo. No lo llamaron Ebro a secas, sino River Ebro, con un guiño evidente al River Plate de Buenos Aires. Conozco esa forma de admiración. En Argentina el apellido de un grande se toma sin pedir permiso, y quien lo hace no pretende parecerse a nadie: solo declara a qué fútbol quiere pertenecer. Su primer partido oficial fue un empate a cero ante el River Ega de Andosilla. Dos Rivers frente a frente y ninguno marcó: el homenaje, por lo visto, no alcanzaba a la pegada.

Agoncillo, otro pueblo riojano, eligió el camino contrario. En 2020 firmó un acuerdo de colaboración con Osasuna, y en 2022 pasó a ser filial de la UD Logroñés. Ligado a un club mayor, completó la mejor temporada de su historia, tercero en Tercera Federación, y aun así descendió: la condición de filial le costó la categoría que había ganado en el campo. Se puede ser el mejor Agoncillo de siempre y bajar igual, porque una parte del destino ya no se decide en San Roque. Tardó un año en recuperar el sitio.

He ocupado despachos de dirección deportiva y sé cómo se miran esos acuerdos desde arriba. Un filial, un convenio, un equipo amigo: una casilla en un organigrama, una línea fina que lleva agua a otra más gruesa. Rara vez hay mala intención. Pero la pregunta que importa no es quién crece allí, sino quién decide. Lo que en la ciudad es una casilla, en el pueblo es el club entero, con una historia que alguien empezó a escribir a mano. La grada lateral de San Roque, cuya remodelación aprobó el Ayuntamiento, llevará el nombre de quien fundó el Agoncillo, jugó en él, lo dirigió y lo presidió. Ningún organigrama tiene sitio para una biografía así.

El domingo se cruzaron el pueblo que fue afluente y el que se bautizó como río, y el encuentro no le dio la razón a ninguna teoría. Lo resolvió, en la segunda parte, un gol en propia puerta de un futbolista del River Ebro, y el Agoncillo quedó octavo con quince puntos. Es la manera más humilde de ganar y la más ingrata de perder: nadie la planea ni la ensaya. Un tanto así no confirma ninguna idea. Solo recuerda que, por mucho que se elija el cauce, el agua a veces corre hacia atrás.

Quiero ser justo con los convenios. Aquel Agoncillo vinculado a un grande fue también el mejor de su historia, y quizá no por casualidad: la sombra de alguien más fuerte puede dar método y cierto abrigo, cosas que un pueblo rara vez consigue solo. Tampoco el homenaje es inocente por definición. El River Ebro tuvo su propio filial durante unas temporadas, hasta que en 2023-24 decidió no continuar con un segundo equipo. Cualquier río, en algún momento, ha querido tener un afluente.

Mientras tanto, el Ebro sigue regando las huertas de Rincón de Soto sin saber que un club lo nombra en inglés. Ni una gota de su agua ha pasado nunca por Buenos Aires.

Columna generada con IA e inspirada en el estilo de Jorge Valdano. No es un texto suyo: los recuerdos en primera persona son una recreación. Cómo se hace.

Fuentes