Columna del 2 de noviembre de 2026
EF Santa Cruz 2-0 Molinense
Mudanzas
He cambiado muchas veces de casa siguiendo a una pelota. De Las Parejas a Rosario, de Rosario a Vitoria, después Zaragoza y Madrid. Cada mudanza tenía su ritual: cerrar cajas, despedirse de un vestuario, aprenderse los nombres de otro. En ninguna me acompañó un club. Era la ley no escrita del oficio: quien juega se marcha y la camiseta se queda. Los equipos eran lo único quieto en una vida de vagabundeo, con su ciudad, su estadio y una calle por la que se llegaba a ellos con los ojos cerrados. Podía ignorar dónde dormiría al año siguiente, pero sabía siempre dónde estaba Newell’s.
El fútbol modesto ha deshecho esa ley, y lo ha hecho en las dos direcciones. Hay clubes que se mudan con su gente a cuestas y hay clubes que van de ciudad en ciudad y en cada parada se ponen otro nombre. Dos de ellos se cruzaron este fin de semana en el grupo murciano de Tercera Federación. El Atlético Santa Cruz ganó 2-0 al Molinense, pero el marcador es lo de menos. Merece más la pena mirar qué llevaba cada uno en el equipaje.
El Santa Cruz nació en 2020 como escuela de fútbol de una pedanía de Murcia, con un propósito que cabe en una línea: dar a sus jóvenes una alternativa deportiva y formativa. Al año siguiente cambió escuela por Atlético, pero conservó el apellido, que es lo que cuenta. Desde entonces ha ido subiendo peldaños hasta alcanzar en la primavera de 2025 una categoría nacional por primera vez. Lo hizo sin campo fijo: pasó por distintas instalaciones, se asentó unas temporadas en La Peñeta, en Los Ramos, y hoy ejerce de local en Llano de Brujas.
Es una dirección sin edificio: las cartas le llegan porque todo el mundo sabe para quién son. Solemos confundir un club con su estadio, y se entiende, porque es lo que se fotografía. Pero las gradas son el decorado, no la función. Un terreno de juego se alquila, se comparte o se pierde; el motivo por el que alguien decidió fundar un equipo en su pedanía no figura en ningún contrato de cesión. Eso es lo que el Santa Cruz cargó en cada traslado, y por eso nunca tuvo que preguntarse quién era al llegar a un sitio nuevo.
El Molinense recorrió el camino contrario. La entidad que hoy lleva esa denominación se fundó en 1981 en Jumilla, bajo el nombre de un distrito; se llamó después Jumilla, más tarde Archena, y acabó instalándose en Molina de Segura, acumulando identidades como sellos en un pasaporte. La memoria, mientras tanto, se quedó quieta. El Sánchez Cánovas, inaugurado en 1975 con un empate ante el Almansa porque no hubo manera de cerrar un amistoso con el Real Murcia, es la casa del Unión Molinense, heredero del equipo histórico. En la misma ciudad, el nombre compite en Tercera y el recuerdo, un escalón más abajo.
Nada de esto es una fábula con buenos y malos. Que un club cambie de ciudad es un recurso legal y conocido del fútbol modesto, a veces el atajo para que un lugar recupere un equipo en categoría nacional, y quienes visten hoy esa camiseta no eligieron su genealogía: juegan los partidos que les tocan. Tampoco hay que ponerle violines al nomadismo del Santa Cruz. Nadie decide no tener casa, y adaptarse temporada tras temporada a campos ajenos es incomodidad, no poesía. El 2-0, además, no zanja ningún debate: la mitad llegó de penalti.
Algún día el Santa Cruz tendrá un campo propio, con una puerta que cerrar al final de la tarde. Sobre ella colgará lo único que no tuvo que embalar en ninguna mudanza: su apellido.
Columna generada con IA e inspirada en el estilo de Jorge Valdano. No es un texto suyo: los recuerdos en primera persona son una recreación. Cómo se hace.