Columna del 1 de noviembre de 2026
Quintana 4-1 Atlético Club Pueblonuevo
La era
El Quintana juega al fútbol encima de una era. No es una metáfora, o no solo: el club de Quintana de la Serena, en Extremadura, empezó a rodar en los años cincuenta en un terreno conocido como la era del Tío Juan Luis, y el campo municipal se levanta hoy en ese mismo lugar. Durante siglos, en la era se trillaba la mies y se lanzaba el grano al aire para que el viento hiciera de juez: lo que pesaba caía, la paja se marchaba volando. El castellano, que a veces piensa mejor que nosotros, le dio a ese pedazo de tierra el mismo nombre que a una época.
Me gusta esa coincidencia porque explica algo que ningún plano recoge. El fútbol no llegó al pueblo a ocupar un solar vacío: se instaló donde la gente ya sabía reunirse, sobre un suelo apisonado por generaciones y acostumbrado a la faena común. Aquella tierra era de todos, y en una tarde de verano se medía allí el esfuerzo de un año entero. La federación vino después, en 1969, como esos papeles que llegan a certificar lo que un vecindario ya sabe de memoria. Para entonces, la pelota llevaba años girando donde antes giraban los trillos.
El último domingo de octubre, sobre esa tierra con memoria, el Quintana ganó 4-1 al Atlético Club Pueblonuevo. Lo hizo un poco como se trilla, a fuerza de vueltas, con el encuentro resuelto en el rato largo que rodeó el descanso. Para casi todo el mundo será una línea más en la jornada de Tercera Federación. Para quien lo mira desde la banda puede ser otra cosa: la confirmación de que en ese sitio, desde hace tantas décadas, el domingo sigue siendo día de ver qué deja el viento.
Hay campos que se colocan donde caben, en el hueco que deja una calle o en la parcela que sobra. Otros se colocan donde ya latía algo. La diferencia no se ve en el césped ni en las porterías, pero se nota en la manera en que un pueblo habla de su equipo: no como de un servicio municipal, sino como de una costumbre. En los lugares que han vivido de la tierra, el fútbol es pariente del trabajo; se juega con el cuerpo de la semana y tiene algo de fiesta tras la cosecha. El Quintana no eligió su sitio: lo heredó. Y ocupar un lugar no es lo mismo que recibirlo.
Los pueblos que cosechan saben también que el mejor grano suele venderse fuera. Quintana guarda la memoria de futbolistas que salieron de aquel campo y llegaron al Badajoz, al Villanovense, al Extremadura o al Don Benito, y alguno hasta un club de Segunda. El pueblo no se quedó con ellos, pero los sigue contando como suyos, igual que se presume de un buen trigo aunque lo muela otro molino. En el fútbol grande eso se llama cantera y tiene contabilidad. Aquí se llama orgullo y vive en la conversación.
Conviene, con todo, no subir la era a un altar. Trillar era polvo, sol y espalda doblada, y quien lo vivió rara vez lo echa de menos. Que hoy haya porterías donde antes se aventaba el grano es exactamente lo que tenía que ocurrir: la memoria no consiste en volver atrás, sino en saber qué se pisa. Tampoco el 4-1 dicta sentencia. El Pueblonuevo se llevó su gol de penalti y una derrota abultada, pero en el fútbol, a diferencia de la labranza, una mala cosecha se resiembra a la semana siguiente.
En la era del Tío Juan Luis hace mucho que no se trilla. Se sigue separando, eso sí, el grano de la paja. Ahora lo llaman Tercera Federación.
Columna generada con IA e inspirada en el estilo de Jorge Valdano. No es un texto suyo: los recuerdos en primera persona son una recreación. Cómo se hace.