Columna del 30 de octubre de 2026
Los Garres 1-2 Águilas FC B
Once metros
Si el fútbol es el deporte que mejor esconde a las personas, el penalti es el instante en que deja de hacerlo. Durante un partido nadie está solo del todo: siempre hay un compañero que cubre, una línea que se ajusta, un error que otro remienda antes de que se note. De pronto el árbitro señala el punto blanco y el juego se desnuda. Veinte futbolistas pasan a ser público, la pelota se queda quieta por primera vez en toda la tarde y dos personas, frente a frente, tienen que resolver un asunto que era de todos.
La élite lleva años empeñada en domesticar ese trance. En el Mundial de 2006, Jens Lehmann sacó de la media un papel con apuntes sobre los lanzadores argentinos, y desde entonces abundan los vídeos, los porcentajes por palo y las botellas de agua garabateadas. Peter Handke lo había entendido mejor con un solo título: El miedo del portero ante el penalti. Lo que se juega en esos once metros no es un cálculo. Es miedo, y el miedo no cabe en una hoja de datos.
El sábado, en Las Tejeras, el campo de Los Garres, una pedanía de Murcia, el fútbol acabó entregado a ese miedo. El club local nació en 2007; enfrente estaba el filial del Águilas, que en 2024 hizo historia al subir por primera vez a Tercera Federación. El encuentro se inclinó del lado visitante poco después del descanso, y durante más de media hora fue lo que suele ser este juego: veintidós voluntades peleando por un mismo destino. Luego, con apenas tres minutos de diferencia, llegaron dos penaltis, uno en cada área. El primero amplió la ventaja del Águilas; el segundo permitió a Los Garres recortar cuando ya no quedaba casi nada.
Me interesa esa simetría, porque esconde dos soledades distintas. El primer lanzamiento lo tiró quien tenía algo que perder: un 0-1 se defiende con angustia, y fallar habría dejado vivo al rival. El segundo correspondió a quien necesitaba marcar para seguir creyendo, con el reloj en contra y la derrota asomada. En ambos casos el peso no lo ponía el marcador, sino la mirada de los compañeros. Desde el banquillo del Tenerife aprendí que, ante un penalti, quien dirige desde la banda es la persona más inútil del estadio: ha preparado la semana entera y ahora solo puede rezar o mirar hacia otro lado.
Hay algo de patio de colegio en todo esto. Es la jugada más sencilla del fútbol: se entiende a los cinco años y se sufre a los treinta. En las categorías modestas conserva, además, una crudeza que arriba se ha ido limando. Aquí no hay una pantalla que revise el contacto durante varios minutos ni un estadio esperando el veredicto de una sala lejana. Decide alguien con un silbato, y quienes pisan el césped aceptan la sentencia, o la discuten, sin más tribunal que la grada. Es una justicia más tosca y, precisamente por eso, más humana: se equivoca a la vista de todos.
Sería injusto, de todos modos, cargarles a los once metros la tarde entera. El gol que torció el encuentro llegó mucho antes, y el tanto local no alteró el desenlace. La pena máxima tiene, además, algo de desproporcionado: transforma una falta en un gol casi seguro, una tarifa que a veces poco tiene que ver con el peligro real de la acción. Los Garres se quedó decimotercero, con ocho puntos y un gol que no suma en la tabla, aunque quizá sí en el ánimo.
Al final de la novela de Handke, un portero se queda inmóvil bajo los palos y el balón le llega mansamente a las manos. Es la mejor teoría que conozco sobre los penaltis, y solo funciona en las novelas.
Columna generada con IA e inspirada en el estilo de Jorge Valdano. No es un texto suyo: los recuerdos en primera persona son una recreación. Cómo se hace.