Columna del 29 de octubre de 2026
Bullas Deportivo 1-3 Club Olímpico de Totana
Puntos suspensivos
Los puntos suspensivos son el signo más modesto de la ortografía. No cierran nada, no exigen nada, apenas sugieren que la frase podría seguir. Durante años firmé una columna con ese nombre, y no fue un capricho: siempre sospeché que este juego se entiende mejor por lo que deja abierto que por lo que concluye. La jugada que no terminó, el pase que pudo ser, la temporada que se quedó a medias. Todo lo que el marcador no recoge y la memoria no suelta.
El fútbol de élite, en cambio, se ha enamorado del punto final. Lo que queda en el aire no se puede vender, así que nada queda en el aire. Hay drenajes que se tragan un aguacero en minutos, céspedes con calefacción y televisiones que no conocen la palabra aplazamiento. La clasificación del lunes llega cerrada, sin asteriscos, con una eficacia de notario. En las categorías modestas todavía llueve de verdad, y la lluvia sigue siendo una autoridad que no negocia con nadie.
En Totana, en la Región de Murcia, acaban de comprobarlo. Al Olímpico, el equipo alfarero, como lo llaman en su tierra, unas fuertes lluvias lo dejaron sin jugar ante el Algar, y ese partido sigue esperando fecha. Llegó a Bullas con una jornada en blanco y un asunto pendiente. Ganó 1-3, con un gol nada más empezar y una segunda parte que manejó a su antojo. Ahora suma once puntos y aparece séptimo, en lo que el fútbol llama zona noble. Séptimo provisional, y no es un matiz menor: con un encuentro menos, su lugar en la tabla es una frase a medio escribir.
El apodo le sienta bien a un equipo que ascendió a la categoría nacional en 2025 con un bloque formado sobre todo por jugadores de la cantera. Un grupo así se parece a una pieza de barro: se modela despacio, necesita secarse antes de entrar al horno y se agrieta si alguien le mete prisa. Para un vestuario hecho en casa, lo inacabado no es un defecto de fabricación, sino su forma natural de ser. También el barro del campo enseña algo. En el Alavés de mis primeros años en España conocí tardes en que el balón pesaba como un saco mojado y el terreno igualaba a todo el mundo. Nadie veía el clima como un enemigo: formaba parte del juego, como la grada o el viento. El fútbol se juega al aire libre, con un socio que no firma contratos, y la élite, a fuerza de techos retráctiles, ha olvidado que también se puede esperar.
Para entendernos, lo pendiente no es gratis. Un partido aplazado se cobra en cansancio, en algún hueco que habrá que arañarle al calendario, y una clasificación coja engaña a quien mira desde arriba y a quien mira desde abajo. El séptimo puesto puede ser un anticipo o un espejismo. Que once puntos basten para hablar de nobleza dice mucho de lo apretada que va la categoría, y algo también del lenguaje épico que el fútbol presta hasta a sus rincones más humildes. Al Bullas, por cierto, no hay que tratarlo como decorado: llegó a igualar y obligó al equipo de fuera a ganarse la tarde dos veces. El domingo visita Totana el líder, el Santomera, para medir cuánto hay de verdad en ese título.
El duelo con el Algar seguirá un tiempo sin fecha, a merced de un cielo que no consulta la agenda de nadie. García Márquez lo sabía: en Macondo “llovió cuatro años, once meses y dos días”.
Columna generada con IA e inspirada en el estilo de Jorge Valdano. No es un texto suyo: los recuerdos en primera persona son una recreación. Cómo se hace.