Columna del 28 de octubre de 2026
San Martín RA 1-0 Praviano
Escuela de iniciación
Los grandes clubes han perdido la facultad de morirse. Arrastran deudas con tantos ceros que no caben en una pizarra, cambian de propietario como de camiseta y atraviesan crisis que hundirían a cualquier empresa, pero el domingo siguiente saltan al campo como si nada. Son demasiado queridos, demasiado rentables, demasiado necesarios para la televisión. En el fútbol, la muerte es un lujo reservado a los pequeños. Y casi nunca llega por una goleada. Llega por un papel.
Así se fue el Club Deportivo San Martín, en el valle asturiano del Nalón, en marzo de 2012. La Federación no tramitó la ficha de un nuevo entrenador mientras no se saldara una deuda de unos diez mil euros. Hubo dos asambleas extraordinarias que no encontraron la salida y dos incomparecencias seguidas. Después vinieron la expulsión y la disolución. Cuando me tocó trabajar en un despacho, aprendí que en la contabilidad de un club grande una cifra así se pierde entre los decimales. En un pueblo puede ser una lápida.
Lo admirable llegó después, ese mismo verano. En julio nació la Escuela de Iniciación San Martín, y el nombre ya era un programa. No eligieron renacimiento, ni nuevo, ni nada que sonara a revancha: se llamaron escuela, y de iniciación, como quien vuelve a sentarse en el primer pupitre con todo lo aprendido a cuestas. Empezaron en Segunda Regional, el último peldaño, y subieron sin perder un solo partido, con apenas dos empates en el camino. Luego vinieron la Preferente y la Tercera, cinco temporadas allí, una caída de dos campañas y otro regreso a la categoría nacional en 2024. Una docena de años para recorrer de nuevo la escalera entera.
Camus, que antes que escritor fue portero, dejó escrito que hay que imaginar a Sísifo feliz. Durante mucho tiempo lo leí como una frase sobre la derrota, pero es una frase sobre el oficio: la piedra cae, y lo que define a quien la empuja no es la cima, sino la decisión de bajar a buscarla. El San Martín ha bajado a por ella más de una vez. El domingo, en El Florán, ganó 1-0 al Praviano con un gol en la primera media hora. Un triunfo mínimo, de los que se defienden con los dientes y se olvidan pronto, salvo en el lugar donde importan.
Enfrente estaba otra forma de sobrevivir. El Praviano se fundó en 1949 y a mediados de los sesenta rozó la Segunda División: ganó su grupo de Tercera y disputó dos promociones de ascenso, una perdida ante el Huesca en un desempate y otra ante el Ferrol. A principios de este siglo bajó hasta la Primera Regional, sus años más oscuros. En 2019, sus socios aprobaron vincularse al Real Oviedo como tercer equipo. Más tarde dejó de ser filial, para no descender por arrastre, y quedó como club colaborador, con la mayoría de su plantilla cedida desde la capital. Es un club de pueblo que respira, en buena parte, con pulmones prestados.
No sé si una manera de seguir vivo vale más que la otra. Sería cómodo oponer la pureza de la resurrección a la dependencia del convenio, el barrio frente al laboratorio, pero el fútbol modesto no tiene tiempo para esas comodidades. Un pueblo con un equipo a medias suyo es mejor que un pueblo sin equipo, y el Praviano decidió no comprobar lo contrario. Tampoco la historia del San Martín es un cuento sin mancha: antes de volver a empezar hubo un final, y aquel final llegó por algo que no se hizo bien.
Un club grande no puede morir. Por eso nunca sabrá lo que significa nacer dos veces.
Columna generada con IA e inspirada en el estilo de Jorge Valdano. No es un texto suyo: los recuerdos en primera persona son una recreación. Cómo se hace.