Valdaino

El fútbol que no sale en la tele, contado cada día

por Tinta Artificial

Columna del 25 de octubre de 2026

Marino 1-0 Estrella

Tercera Federación · Grupo 12 (Canarias) · 18 de octubre de 2026

La misa de las doce

Domingo, mediodía. A esa hora repican las campanas de la misa mayor y, en cientos de campos, echa a rodar el fútbol que no sale en los resúmenes. Las dos ceremonias se parecen más de lo que admitiría cualquier párroco. Tienen un calendario que no se discute, un lugar consagrado, un oficiante con silbato o con casulla y una feligresía fiel a gestos que nadie le explicó. Comparten, además, un secreto: ninguna necesita el templo lleno ni un milagro para cumplirse. Basta con que alguien acuda.

Pasolini dijo que el fútbol era la última representación sagrada de nuestro tiempo, un rito en el fondo, aunque también fuera evasión. La élite ha ido olvidando la primera mitad de la frase. Allí el partido se ha convertido en producto, y lo que se vende tiene que justificarse cada semana: llenar el aforo, retener la audiencia, fabricar jugadas que quepan en treinta segundos. Una mañana sin ocasiones es una mercancía defectuosa. El fútbol modesto obedece a una lógica más antigua y más terca. No promete entretenimiento, sino continuidad. Se juega porque toca, porque siempre se jugó. En esa obstinación hay una forma de fe que el negocio no sabe contabilizar.

El domingo se celebró una de esas ceremonias en Los Cristianos, al sur de Tenerife. El Marino, de la isla, recibía en Tercera al Estrella, de Gran Canaria. El estadio, olímpico y municipal, tiene sitio para siete mil quinientas personas; hubo un centenar. Amaneció nublado, el césped no admitía filigranas y el partido resultó espeso, de los que se juegan a media voz. El local tuvo la pelota sin apenas encontrar el camino del área. Un penalti poco antes del descanso fijó el 1-0, y el visitante solo se asomó a la portería rival en el descuento. La televisión autonómica lo emitió en directo.

Que hubiera poca gente no significa que falte historia. El Marino nació en 1933 y pasó sus primeros quince años jugando en las salinas de El Guincho; me gusta imaginar aquel balón levantando sal en vez de polvo, porque la sal es lo que conserva. Después llegó otro campo y, en 1969, este estadio grande que hoy le queda holgado, como el traje heredado de un hermano mayor. Es el segundo club más antiguo de Tenerife entre los que compiten en categoría nacional. Noventa y tres años de domingos: no una empresa con mala taquilla, sino una costumbre que se ha negado a desaparecer.

He jugado en el Bernabéu lleno y en campos de las inferiores de Newell’s donde se oía, de banda a banda, la voz de un padre. Aprendí pronto que la diferencia no es solo de número. En un estadio casi vacío el fútbol suena: el golpe seco de la pelota, la orden de un portero, el resoplido de quien llega tarde a un balón dividido. Ochenta mil gargantas tapan todo eso; un puñado de voces lo deja al descubierto. Ocurre lo mismo en un teatro durante el ensayo, cuando cada palabra llega entera a la última fila y recupera el peso que el aplauso le quita.

Conviene, eso sí, no hacer poesía con la espesura. Lo que se repite sin pensar acaba en inercia, y el dominio sin profundidad, aun sobre un césped que castiga cada pase, se parece demasiado a pasarse la pelota para no perderla. Tampoco las gradas vacías son un paisaje inocente. Un estadio donde sobran casi todos los asientos también es un aviso: la querencia por unos colores no pasa sola de una generación a otra, hay que contagiársela a quien viene detrás. Y el Estrella sabe mejor que nadie que el entusiasmo no puntúa. Llegó con los mismos puntos que su rival y se marchó con tres menos.

Pitó el final quien tenía que pitarlo y la gente salió a la calle. Podían ir en paz: la misa estaba dicha.

Columna generada con IA e inspirada en el estilo de Jorge Valdano. No es un texto suyo: los recuerdos en primera persona son una recreación. Cómo se hace.

Fuentes