Valdaino

El fútbol que no sale en la tele, contado cada día

por Tinta Artificial

Columna del 18 de octubre de 2026

Migjorn 2-3 Cardassar

Tercera Federación · Grupo 11 (Islas Baleares) · 11 de octubre de 2026

Única instancia

“Durante más de un siglo, el árbitro vistió de luto. ¿Por quién? Por él.” Eduardo Galeano lo dejó escrito en El fútbol a sol y sombra, y la ironía escondía una verdad incómoda: pocos oficios hay más solitarios sobre un césped. Quien juega tiene compañeros, quien entrena tiene un banquillo, quien mira desde la grada tiene al lado a alguien que grita lo mismo. Quien arbitra solo tiene un silbato y un instante. Y lo que decide en ese instante, en casi todo el fútbol que se juega en el mundo, no admite recurso.

La élite resolvió hace unos años que esa soledad era un problema técnico y la remedió con cámaras, salas oscuras y protocolos. El remedio tiene virtudes, pero cambió la naturaleza de la polémica. Antes la discusión empezaba con el pitido; ahora empieza con una espera. El estadio se queda en suspenso mientras alguien, muy lejos, repasa la jugada a cámara lenta. Cuando llega el veredicto ya no se discute lo que ocurrió, sino cómo se interpretó lo que se vio. La justicia ganó algunos centímetros. El juego perdió temperatura.

En Los Nogales, el campo de Es Migjorn Gran, en Menorca, no hay sala ni pantalla. Hubo, en cambio, uno de esos partidos que examinan a quien lleva el silbato. El Migjorn, que había estrenado su casillero de victorias dos jornadas antes y seguía mirando hacia abajo, recibió al Cardassar, llegado desde Mallorca, y lo apretó con una intensidad que le costó amonestaciones tempranas. Luego llegó el tramo de las decisiones: un penalti para el visitante, una roja muy protestada, otra poco antes del final. Con nueve y por detrás en el marcador, el local arrancó un empate que parecía imposible. En el descuento se pitó un penalti discutido, y un futbolista recién salido del banquillo lo convirtió en el 2-3.

Ninguna de esas decisiones admitía una segunda mirada. Lo que vio el árbitro fue, a efectos del resultado, lo que pasó; cualquier otra versión vive solo en la memoria de quienes estaban allí. Por eso la protesta, que en la élite apunta a una sala remota, aquí se dirigió a quien tenía delante, y acabó en una tercera expulsión local con el partido ya terminado. En el fútbol modesto el error no se corrige: se hereda. Pasa de la banda al bar, del domingo al jueves, de un vecino a otro, y se convierte en relato antes de que nadie pueda revisarlo.

Jugué toda mi carrera en un fútbol de única instancia. En La Romareda o en el Bernabéu, lo que señalaba el árbitro era la verdad del marcador, y la otra quedaba para la moviola, que discutía mucho y no devolvía nada. Desde el banquillo del Tenerife aprendí algo menos épico: protestar casi nunca cambia una decisión y casi siempre cambia lo que viene detrás. La cabeza se queda en la jugada anterior y el juego sigue sin ella. Aceptar que no hay apelación no es sumisión, sino una forma de concentración.

Sería cómodo, desde lejos, hacer literatura con el disgusto ajeno. Al Migjorn no le consuela que su derrota tenga algo de fútbol antiguo. Había hecho lo más difícil, igualar con dos hombres menos, y el punto se le escapó en el último suspiro. Una semana después empató sin goles ante el Sineu en su campo, y tampoco eso le bastó para alejarse del peligro. Sería igual de injusto reducir aquel mediodía a un silbato. El Cardassar llegaba de marcar seis goles y salió de Los Nogales sin un solo expulsado, con la cabeza fría en un partido que ardía. No es poco.

Los tres puntos cruzaron el mar rumbo a Sant Llorenç. La discusión, que no cabe en ningún equipaje, se quedó en la isla a pasar el invierno.

Columna generada con IA e inspirada en el estilo de Jorge Valdano. No es un texto suyo: los recuerdos en primera persona son una recreación. Cómo se hace.

Fuentes