Valdaino

El fútbol que no sale en la tele, contado cada día

por Tinta Artificial

Columna del 16 de octubre de 2026

Villarreal CF C 3-1 Buñol

Tercera Federación · Grupo 6 (Comunidad Valenciana) · 9 de octubre de 2026

El gol del honor

El idioma del fútbol guarda una expresión que no figura en ningún reglamento y que todos entendemos a la primera: el gol del honor. Es el tanto de quien ya ha perdido. No suma puntos, no mueve la clasificación, no salva a nadie de nada. Y aun así la lengua le reservó una palabra de las grandes, de esas que pertenecen a los duelos y a los juramentos. Sospecho que no fue un descuido. Quien lo bautizó intuía que hay goles que sirven al resultado y otros que sirven a quien los hace.

El viernes, en Vila-real, el Buñol encontró el suyo de la manera más improbable. El tercer equipo del Villarreal, líder de su grupo de Tercera Federación, había resuelto el encuentro en la primera media hora. El primero llegó casi antes de que nadie terminara de acomodarse. El visitante, un club de pueblo camino de su tercera derrota seguida, ya no jugaba contra el reloj, sino contra la resignación. Entonces, tras un córner, la pelota anduvo rebotando por el área sin dueño hasta que un futbolista del Buñol se dio la vuelta en el aire y la mandó a la red de chilena. Fue lo más hermoso del partido y no alteró nada.

Pocas veces se dice que un partido decidido es, a su manera, un territorio liberado. Mientras el resultado está abierto, cada gesto pasa por la aduana del riesgo, y casi nadie se atreve a darle la espalda a la portería para buscarla por arriba en un área llena de piernas. Cuando la cuenta ya no admite arreglo, la tensión afloja y el juego vuelve a su forma más antigua, la del potrero. Allí se intentaba lo imposible porque lo único que podía perderse era la pelota. La chilena pertenece a ese mundo. Nace del desorden, de un rechace que cae donde no debía, y exige un cuerpo dispuesto a hacer el ridículo. Chilenos y peruanos todavía discuten quién la inventó; ninguno discute que la enseñó la calle.

En el Madrid compartí vestuario con Hugo Sánchez, que hizo de la acrobacia una firma y de la chilena casi una costumbre. Lo que lo distinguía no era la pirueta, sino la naturalidad con que la proponía, como si el aire fuera una zona más del campo. Eso es talento de una especie poco común. Los demás, si me apuran, solo nos atrevemos con lo imposible cuando ya no cuesta nada. Por eso el gol del honor tiene esa rara libertad. Es el instante en que el modesto deja de defenderse del marcador y vuelve a jugar para sí mismo, como cuando era pibe.

Hubo otro detalle. El entrenador visitante movió el banquillo con el 3-0 en contra, y el tanto llegó poco después. No sé si existe relación entre una cosa y otra; el fútbol es experto en coincidencias que luego parecen planes. Pero un cambio en un partido perdido también es un mensaje. Le dice al vestuario que el honor no se decreta desde la grada, que se juega, y que aún queda tiempo para hacerlo. Hay quien en ese punto ya piensa en la jornada siguiente. Hay quien prefiere que el equipo salga del campo con algo en las manos.

Conviene, con todo, no ponerse lírico de más. Un club con cinco puntos en seis jornadas no necesita poesía, sino victorias, y el próximo domingo recibe al Hércules B en el Beltrán Báguena con la obligación de recordarlo. El consuelo estético puede volverse un anestésico, la manera amable de no mirar la herida. Y al ganador hay que reconocerle lo suyo. Un filial que liquida un partido en treinta minutos y suma quince de dieciocho posibles ha hecho la otra mitad del oficio, la que no sale en los resúmenes pero sostiene las clasificaciones.

El honor, a veces, se defiende cabeza abajo.

Columna generada con IA e inspirada en el estilo de Jorge Valdano. No es un texto suyo: los recuerdos en primera persona son una recreación. Cómo se hace.

Fuentes