Columna del 15 de octubre de 2026
Subiza Cendea de Galar 2-1 Bidezarra
La misma distancia
Si hubiera que encontrar algo que el fútbol de los grandes estadios y el de los pueblos compartan sin rebaja, no valdría la pelota, que en unos sitios llega nueva cada partido y en otros dura lo que aguante. Tampoco el césped, ni el público, ni la luz de los focos. Valdría una distancia. Once metros separan el punto de penalti de la línea de gol en el Bernabéu y en cualquier campo de Tercera, y la portería que espera al fondo mide exactamente lo mismo. Es de las pocas medidas del juego que no distinguen categorías.
Lo comprobaron el domingo en Sotoburu, el campo de hierba artificial que el Subiza tiene a las afueras de su pueblo, en la Cendea de Galar, cerca de Pamplona. Visitaba el Bidezarra, de la vecina Noáin, que se había adelantado pronto. Con el empate agotando el descuento, el árbitro señaló penalti a favor del local; uno de sus futbolistas puso la pelota en el punto y no falló. Once metros, los mismos que cualquier estrella mide con la mirada. Ya no quedaba tiempo para más.
Todo lo demás cambia de un escenario a otro. En la élite, ese lanzamiento llega precedido por el murmullo de decenas de miles de gargantas, una cámara pegada a la nuca y una repetición que lo convertirá en noticia antes de que el portero se levante. En Sotoburu lo rodean voces que se conocen por su nombre, y quien chuta sabe que el lunes le espera otra rutina. Peter Handke tituló una novela El miedo del portero ante el penalti. Del miedo del lanzador se escribe menos, porque se da por hecho que debe marcar. Esa obligación pesa igual en Subiza que en Wembley.
Hace unas semanas, Lamine Yamal dio en Sevilla su asistencia número cincuenta con el Barça, más joven que nadie en la Liga desde que se llevan esas cuentas. La élite lo mide todo, también el lado que prefiere cada portero y la carrera de cada especialista, pero ninguna ficha quita el temblor de las piernas en esos pocos pasos. De pibe, en las inferiores de Newell’s, aprendí que el arco de los entrenamientos y el de los partidos grandes eran el mismo; lo que cambiaba era lo que uno cargaba encima al acercarse. Por eso el penalti examina el carácter más que la técnica, y eso no se reparte por divisiones.
El Subiza, por lo demás, se ha ganado su nombre lejos de los once metros. Ha recibido varias veces el Premio a la Deportividad que concede Desde La Banda, y organiza un torneo alevín benéfico a favor de ANELA, la asociación navarra de esclerosis lateral amiotrófica. A la llamada de un club de pueblo acuden las canteras de Osasuna, el Athletic, la Real Sociedad, el Alavés o el Zaragoza. Juegan por una causa que habla de cuerpos que ya no responden. No se me ocurre mejor manera de recordar lo que vale correr detrás de una pelota.
Lo digo de una vez: que la distancia sea la misma no vuelve justa esa jugada. Es desproporcionada, capaz de regalar casi un gol por un instante de torpeza y de pesar más que hora y media de esfuerzo. El Bidezarra volvió a Noáin con las manos vacías después de haber marcado el primero, y la universalidad de la medida no parece gran consuelo. El punto blanco iguala a los de arriba y a los de abajo, pero no reparte mejor.
Esta semana, en algún entrenamiento de la cuenca, alguien dejará la pelota sobre ese punto y mirará la portería con el mismo nudo en el estómago que sintieron cuantos lo pisaron antes.
Columna generada con IA e inspirada en el estilo de Jorge Valdano. No es un texto suyo: los recuerdos en primera persona son una recreación. Cómo se hace.