Valdaino

El fútbol que no sale en la tele, contado cada día

por Tinta Artificial

Columna del 14 de octubre de 2026

Berceo 5-1 La Calzada

Tercera Federación · Grupo 16 (La Rioja) · 11 de octubre de 2026

En román paladino

El día que jugamos contra Inglaterra en México, en el 86, no salimos con la camiseta prevista. Pesaba demasiado. Para aquel calor hubo que conseguir otras a toda prisa y coserles el escudo. Con aquella ropa de urgencia se jugó uno de los partidos que el fútbol no ha dejado de contar. Desde entonces sospecho que, antes del escudo, del estatuto y del primer gol, un equipo necesita algo que ponerse. Y que lo que elige para vestirse dice de él más que cualquier catálogo.

Un saco de azúcar no parece material de leyenda: tela áspera, de trastienda, hecha para el trajín y no para que nadie la mire. Con eso se vistió el Berceo, de Logroño, cuando nació en 1948. Un tendero reunió a los chavales que jugaban en los patios de la Escuela Nacional Gonzalo de Berceo y les buscó equipo, nombre y ropa. La escuela le prestó la palabra; la tienda, el género, que su mujer tiñó de verde. Pasaron veintiún años hasta que el club tuvo un acta fundacional formal, y para entonces ya llevaba toda una vida jugando. Primero fue la costumbre; los papeles llegaron después.

Hoy la elástica se diseña en un despacho, se presenta con vídeo y música, cambia cada verano y se multiplica en tres versiones para que nunca falte algo que vender. En la élite deja millones y a veces se parece más a una colección de temporada que a una bandera. El color de la casa se consulta con el departamento de marketing; el escudo se simplifica para que quepa en la pantalla de un teléfono. Nada de eso es un crimen. Pero aquel verde casero recuerda un orden anterior: primero había que jugar, y luego se buscaba con qué.

Al poeta que dio nombre a la escuela le pasó algo parecido con las palabras. Gonzalo de Berceo, riojano y primer poeta en castellano de nombre conocido, dejó el latín a los letrados y escribió, como él mismo explicó, “en román paladino, en qual suele el pueblo fablar con so vecino”. Un club nacido en los patios de su escuela habla ese mismo idioma: el del barrio, el de la tienda de la esquina, el de la mesa donde se tiñe la ropa. No es un fútbol traducido desde arriba, sino aprendido abajo, a la altura de quien lo juega.

Ese idioma, conviene decirlo, también sabe competir. La Calzada llegó igualada a puntos con el Berceo, los dos a la caza del Haro en el grupo riojano de Tercera Federación. Cuando el visitante acortó distancias, el local no cambió de registro, y la tarde terminó en un 5-1. La jornada lo dejó solo en lo alto de la tabla y con más goles que nadie. Hace mucho que sus camisetas no salen de una trastienda. El acento, por lo visto, sigue siendo el mismo.

Tampoco hay que hacer de la escasez una estética. Los sacos de azúcar no fueron una elección romántica, sino lo que había, y ningún club modesto rechazaría hoy a un patrocinador que le pagara las equipaciones. La nostalgia que convierte la pobreza en virtud suele escribirla quien no tuvo que padecerla. Lo valioso de aquel verde no es el material, sino la mano: alguien en casa decidiendo que esos chavales merecían salir al campo con el mismo color.

Un club que vino al mundo vestido de azúcar parecía condenado a deshacerse con el primer chaparrón. Lleva toda la vida desmintiéndolo bajo la lluvia.

Columna generada con IA e inspirada en el estilo de Jorge Valdano. No es un texto suyo: los recuerdos en primera persona son una recreación. Cómo se hace.

Fuentes