Valdaino

El fútbol que no sale en la tele, contado cada día

por Tinta Artificial

Columna del 13 de octubre de 2026

Villa de Santa Brígida 1-1 Las Palmas C

Tercera Federación · Grupo 12 (Canarias) · 9 de octubre de 2026

Desde lejos

Viernes, ya de noche, en Gran Canaria. En Los Olivos, el campo de Santa Brígida, unas cien personas vieron al Villa recibir a Las Palmas C, tercer equipo de la UD Las Palmas, en el grupo canario de Tercera Federación. Temperatura agradable, césped artificial en buen estado, empate a uno. Nada destinado a ocupar portadas más allá de la isla, salvo un gesto que el fútbol moderno lleva años intentando corregir: un futbolista local miró la portería desde muy atrás y no se dejó convencer por la distancia.

El balón superó por alto al portero visitante en la única acción clara de la primera mitad. En la élite, ese disparo se ha vuelto especie protegida. Los analistas hicieron sus cuentas hace tiempo y concluyeron que chutar desde fuera del área es una manera elegante de regalar la pelota. Mejor otro pase, la paciencia de esperar a que el hueco se abra junto al punto de penalti. Los números tienen razón en lo suyo; lo que dejan por el camino es un fútbol más eficiente y también más tímido, donde la audacia necesita un informe que la autorice.

Porque el tiro lejano no es una decisión técnica, sino de carácter. Quien lo intenta sabe que la probabilidad juega en contra y, aun así, se concede el derecho a sorprender. Picasso decía que él no buscaba, encontraba. La pizarra busca, con método y tiza, la ocasión perfecta; el disparo de lejos se encuentra con el gol sin haberlo pedido, como quien tropieza con una idea. Tiene algo de patio de colegio, de aquellos partidos donde siempre había alguien que probaba desde cualquier sitio solo para ver qué pasaba. Ninguna escuela lo enseña como prioridad. Casi todas lo toleran como un capricho.

Cuando llegué al Alavés, muy joven, aquellos campos del norte tenían inviernos en los que la pelota pesaba el doble y nadie hablaba de porcentajes. Se chutaba porque la portería estaba ahí, y a veces porque el barro no permitía otra cosa. No nos engañemos: aquello no era mejor fútbol, pero consentía la ocurrencia. Que un gol así llegue ante tan poca gente no le resta valor. Quizá se lo añade: nadie actúa para la galería cuando el público entero cabe en una mirada.

Sería tramposo, con todo, convertir un gol en un manifiesto, porque el método también juega y aquella noche le dio su parte de razón. El filial amarillo venía de su primera derrota del curso, visitaba a un Villa hecho fuerte en su campo, y salió del descanso apretando hasta obligar al guardameta local a intervenir más de una vez. El empate nació de una cesión, la gramática del pase de más, y terminó en un trallazo a media altura junto al poste. Después, el Villa rozó la ventaja con otra osadía: un balón por encima, obra de un suplente llegado de Asturias, que el portero visitante supo detener. Un punto para cada idea.

No es la primera vez que el club del pueblo y la cantera grande se miden de tú a tú. Hace una década, el Villa ganó su grupo por delante de un filial de Las Palmas, y el curso pasado ya había vencido por la mínima a este rival. Esa convivencia es una de las riquezas discretas del fútbol modesto: en un mismo campeonato, la estructura que fabrica futbolistas y el pueblo que los reúne para jugar. Una enseña a elegir la mejor opción; el otro, de vez en cuando, recuerda que también existe la salida imposible.

Quien dispara desde lejos no consulta ninguna tabla. Solo necesita creer que el arco está más cerca de lo que dicen.

Columna generada con IA e inspirada en el estilo de Jorge Valdano. No es un texto suyo: los recuerdos en primera persona son una recreación. Cómo se hace.

Fuentes