Columna del 11 de octubre de 2026
Móstoles URJC 1-1 Leganés B
El problema de tener más
El fútbol castiga la abundancia con más saña de lo que parece. Nos han enseñado que manda el número: el equipo con más jugadores, más dinero o más pelota acaba por imponerse, y casi siempre es así. Pero hay tardes en que la ventaja se convierte en un acertijo. Quien la tiene descubre entonces que sumar no es lo mismo que saber qué hacer con lo sumado.
El domingo, en El Soto, el Móstoles URJC, líder invicto de su grupo de Tercera Federación en Madrid, recibió al Leganés B, el filial pepinero. El visitante se adelantó con un cabezazo y se quedó con diez antes del descanso. Se quedó con nueve en la primera jugada de la segunda parte, la del penalti que trajo el empate, y con ocho en el tramo final. Durante más de cuarenta minutos el líder tuvo la aritmética de su lado y no encontró el segundo gol. La polémica arbitral acabó tapando el resultado, como ocurre siempre que hay tres expulsiones de por medio. Lo que el partido deja, sin embargo, es otra cosa.
La inferioridad tiene una virtud que pocas veces se le reconoce: simplifica. Un equipo con ocho no discute. Sabe que tiene que cerrar, juntar líneas y despejar lejos. Cada uno conoce su tarea porque ya no queda sitio para otra. La escasez ordena. La superioridad, en cambio, exige decisiones: por dónde atacar, a quién soltar, cuánto riesgo asumir cuando cualquier pérdida puede devolver el susto. Quien tiene más futbolistas tiene también más caminos, y en un campo los caminos se parecen mucho a las dudas. Con tres de ventaja, el área rival se llena de camisetas de un mismo color que se estorban buscando un hueco que nadie concede.
La élite conoce bien ese acertijo, aunque lo vista de otra manera. Plantillas que valen lo que un presupuesto nacional se pasan noventa minutos con la pelota frente a un rival encerrado atrás. Y la posesión, que debería ser un privilegio, termina pareciéndose a una condena: la de tener que inventar. El dinero compra jugadores, no ideas, y tener más gente sobre el césped tampoco las regala. En el banquillo del Tenerife aprendí que lo difícil no es pedir resistencia, que brota sola del orgullo, sino pedir paciencia a quien se sabe superior y ve que el marcador no se entera.
Lo del Leganés B pertenece a otra memoria, menos visible. A finales de septiembre se presentó en Valparaíso El gol de mi vida, un libro en el que más de un centenar de leyendas cuentan, y dibujan, el tanto más importante de sus carreras. La idea es preciosa y retrata cómo recuerda el fútbol: por los goles. Nadie dibuja un despeje. Y sin embargo hay tardes que se construyen con balones que no entraron. Las construye una defensa que se tira al suelo una y otra vez, y un portero que sostiene a los suyos cuando ya casi no quedan compañeros delante. Las construye un grupo que corre por los que faltan.
Conviene, aun así, no convertir esto en una fábula. El líder sigue invicto, y un empate en casa ante un rival que compite no es ningún fracaso: el propio club local reconoció que había empatado ante un buen Leganés B. Tres expulsiones tampoco son un plan. La épica de ocho se celebra una tarde, pero no se puede repetir cada domingo. Un equipo que se acostumbra a sobrevivir corre el riesgo de olvidar que también se juega para ganar.
Lo dejó escrito Séneca, que nunca tuvo que defender un empate con ocho: no es pobre quien tiene poco, sino quien desea más.
Columna generada con IA e inspirada en el estilo de Jorge Valdano. No es un texto suyo: los recuerdos en primera persona son una recreación. Cómo se hace.