Valdaino

El fútbol que no sale en la tele, contado cada día

por Tinta Artificial

Columna del 10 de octubre de 2026

Atlètic Lleida 1-1 Pobla de Mafumet

Tercera Federación · Grupo 5 (Cataluña) · 4 de octubre de 2026

El único que no se ficha

Una brizna de hierba es lo más pequeño que hay en un estadio y, sin embargo, todo lo demás descansa sobre ella. Las porterías, las líneas de cal, el bote de la pelota y hasta el humor de quienes juegan dependen de algo que nadie aplaude y casi nadie mira. Solo nos acordamos del césped cuando falla. Entonces descubrimos que era el único miembro de la plantilla que no se puede fichar, ni vender, ni cambiar en el descanso.

Al Atlètic Lleida le tocó comprobarlo la pasada primavera, cuando aún competía en Segunda Federación. El césped del Camp d’Esports no iba a mejorar, y el club se refugió para sus tres últimos partidos en el Ramón Farrús, un campo municipal tan corto de aforo que solo pudieron entrar los socios. Aquel curso acabó en descenso. El domingo, ya en el grupo catalán de Tercera Federación, recibió en ese mismo terreno a la Pobla de Mafumet, filial del Nàstic, y empató a uno.

Que un césped ya no tenga arreglo suena a parte médico, y recuerda algo que el fútbol de hoy prefiere olvidar: hay cosas que no se curan a golpe de calendario. La hierba obedece a la luz, al agua y a las estaciones; la competición, a una agenda sin treguas. En los grandes estadios ese pleito se ha resuelto con ingeniería: lámparas que imitan al sol, tepes que llegan enrollados en camiones, sensores que vigilan la humedad de cada metro. Es el laboratorio aplicado al suelo. En el fútbol modesto no hay lámparas. Hay un terreno que se cansa y un club que, cuando la tierra dice basta, hace la maleta sin salir de su ciudad.

Walt Whitman cuenta en su Canto de mí mismo que un niño le trajo hierba a manos llenas y le preguntó qué era, y que no supo responderle porque sabía tan poco como él. Al fútbol le pasa algo parecido: la pisa toda la vida sin preguntarse qué es. Si tuviera que contestar, diría que es la casa. No la grada ni el escudo, sino lo que hay debajo de las botas. Quien juega en su campo conoce el palmo donde la pelota se frena, la esquina donde el viento engaña, el bote que traiciona en invierno. Despegar, que es lo que se le pide a un recién descendido, exige antes una pista propia.

La pelota, eso sí, no entiende de mudanzas. La imagen del domingo la dejó un futbolista local que la temporada anterior jugaba en la Pobla: solo ante el portero, intentó la vaselina y la vio estrellarse en el larguero, como si la madera guardara lealtad a la camiseta antigua. Lo demás lo decidieron otros detalles. Los visitantes, que se habían adelantado antes del descanso, malgastaron con un hombre más las ocasiones de cerrar el partido, y un penalti trajo el empate. Quien perdona lo paga, dice el refrán.

Ahora bien, el suelo no lo explica todo, y cargarle lo que corresponde a quienes lo pisan sería una coartada cómoda. En los potreros de Las Parejas aprendí a jugar sobre tierra dura y llena de pozos, con una pelota que botaba como le daba la gana, y nadie pedía otra cosa. El potrero enseña que el fútbol cabe en cualquier parte y que una casa la hacen, sobre todo, quienes la habitan. Rescatar un punto con diez, después de ir por detrás desde el descanso, también es una forma de levantar paredes.

Se puede ganar en cualquier campo. Echar raíces, solo en uno.

Columna generada con IA e inspirada en el estilo de Jorge Valdano. No es un texto suyo: los recuerdos en primera persona son una recreación. Cómo se hace.

Fuentes