Columna del 9 de octubre de 2026
UE Vilassar de Mar 1-6 Europa B
Temporal en el Maresme
Si un marcador corto admite mil interpretaciones, uno largo apenas deja sitio para una. El 1-0 se discute en la barra del bar hasta el jueves. El 1-6 se acepta en la caseta antes de quitarse las botas. Eso cosechó el domingo el Vilassar de Mar en el Xevi Ramón, ante el Europa B, en la quinta jornada del grupo catalán de Tercera Federación. Una cifra sin letra pequeña, de las que no necesitan abogado.
La ironía es que estos dos equipos ya se cruzaron hace un año en un encuentro que sí lo necesitó. En la primera jornada de la temporada pasada, en el Nou Sardenya, el Europa B ganó 3-1. Semanas después, una alineación indebida dio la vuelta al marcador oficial y los tres puntos viajaron al Maresme. Aquella tarde se ganó en el césped y se perdió en un despacho, o al revés, según desde qué lado se mire. Esta vez no habrá nada que revisar. La pelota escribió con una caligrafía tan clara que no hay comité capaz de enmendarla.
Vilassar es un pueblo de mar, y quien vive junto al agua conoce la diferencia entre una ola y un temporal. Una ola se esquiva, se salta, hasta se aprovecha. Un temporal se atraviesa. El local se adelantó y durante un suspiro la tarde tuvo el color de las buenas. Enseguida llegó el empate, después un penalti, después otro gol antes del descanso. Tras el intermedio, el mar siguió entrando hasta el sexto. A partir de cierto punto, una goleada deja de ser un partido para convertirse en un fenómeno meteorológico: ya no se trata de ganar, sino de no irse a pique.
Hay algo saludable en los marcadores abultados, aunque duelan. Vivimos en un fútbol que se decide cada vez más por centímetros: la raya del fuera de juego trazada en una pantalla, el brazo que estaba o no estaba despegado del cuerpo, el balón que cruzó la línea por el grosor de un dedo. Todo admite repetición, sospecha, recurso. La goleada es lo contrario, un hecho tan grande que ninguna lupa lo agranda ni lo achica. Tiene algo de antiguo, de tiempos anteriores a la cámara lenta. Nadie sale de un 1-6 culpando al árbitro con la cara seria.
Desde el banquillo del Madrid viví una de esas noches por el lado amable, aquel cinco a cero al Barça del noventa y cinco, y descubrí que la goleada también desconcierta a quien la firma. Quien gana por mucho no sabe bien qué hacer con tanto: aflojar parece una falta de respeto; seguir apretando, una crueldad. A quien pierde le toca algo más difícil, que es seguir compitiendo cuando la tarde ya no le pertenece. Camus, que defendió una portería en Argel antes de ser escritor, dejó dicho que lo que sabía de moral se lo debía al fútbol. Algo de eso hay en sacar la pelota de la red por sexta vez y devolverla al círculo central.
Quiero ser justo con el Europa B, porque contar una goleada solo desde quien la sufre es una manera de robársela a quien la mereció. Los goles no se los encontró: fue a buscarlos después de ir por detrás, que es cuando más cuesta. Y al Vilassar, cuyo primer equipo trabaja desde hace poco más de un año como segundo filial del Espanyol, una tarde así le ofrece algo que las victorias rara vez dan: una medida exacta de la distancia. Si me apuran, perder por mucho en octubre es de las pocas lecciones que llegan con tiempo para aprovecharlas.
En el Maresme, los temporales acaban siempre igual. Las olas se calman, la orilla sigue en su sitio y espera a quien se atreva a meterse otra vez en el agua.
Columna generada con IA e inspirada en el estilo de Jorge Valdano. No es un texto suyo: los recuerdos en primera persona son una recreación. Cómo se hace.