Columna del 8 de octubre de 2026
Atlético de Marbella Balompié 0-1 UDC Torredonjimeno
El que no estaba
El Atlético Marbella recibió el domingo al Torredonjimeno con once futbolistas sobre la hierba y uno más en la cabeza. Su delantero de referencia, expulsado en la jornada anterior, cumplía sanción. El equipo, que se estrena esta temporada en la Tercera Federación, tuvo que buscar sin él el lugar donde suelen terminar sus jugadas. Perdió 0-1, con un penalti en la segunda mitad, y se quedó con cuatro puntos en cinco jornadas, en la zona baja de un grupo que reúne a Andalucía oriental y Melilla.
La tarjeta roja tiene una rareza que ningún reglamento aclara: castiga dos veces y a personas distintas. Primero a quien la ve, que se marcha a la caseta antes de tiempo con la culpa a cuestas. Una semana después, el castigo cae sobre sus compañeros, que pagan una deuda que no firmaron. En la élite esa factura apenas se nota. Hay plantillas de veintitantos, un banquillo que vale lo que un equipo entero y un entrenador que cambia una pieza por otra sin que la estructura parpadee. Lo llaman fondo de armario, como si los futbolistas fueran camisas.
En el fútbol modesto las cosas no funcionan así, y no solo por una cuestión de número. Aquí los equipos se construyen alrededor de quienes hay, no de quienes se podrían comprar. Si el delantero sabe aguantar de espaldas, los demás aprenden a buscarle el pecho; si cae a la izquierda, el lateral se acostumbra a doblar por esa banda. Con los meses, el juego toma la forma exacta de quienes lo practican. Por eso, cuando uno falta, el hueco no es un puesto vacante sino una silueta. Los compañeros no la ocupan: la rodean, como la lengua que vuelve una y otra vez adonde falta un diente.
Cuando una hepatitis me apartó del Madrid, y poco después del fútbol, conocí la ausencia desde el otro lado. Desde la grada se aprende algo que el campo no enseña: lo que un equipo hace con tu sitio. A veces lo llena otro con naturalidad; a veces el juego lo esquiva, igual que quien evita pisar una baldosa suelta. Duele más lo segundo, porque confirma que eras necesario justo cuando ya no puedes ayudar.
En el Luis Teruel hubo de las dos cosas. La primera parte fue pareja, con algo más de pelota para el visitante, y la mejor ocasión local acabó en un cabezazo que se fue por encima del larguero. Recién empezada la segunda, el Torredonjimeno estrelló un balón en el palo y el partido se inclinó hacia el área de casa. Allí el peso cambió de dueño: el portero local sostuvo a los suyos con varias paradas, también después del penalti que llegó tras un córner y decidió la tarde. Entre los intentos de reacción hubo una falta directa que atajó el guardameta rival. En la víspera, el club había pedido a los suyos competir al máximo y ganar ante su gente. Lo primero no admite reproche.
Quiero ser justo, porque la ausencia es la excusa más cómoda del fútbol: nadie puede desmentirla. El Torredonjimeno no ganó por lo que le faltaba al rival, sino por lo que puso él, que fue más balón, más llegada y un palo que avisaba. Y un equipo que pretende quedarse en la categoría no puede depender de una sola silueta. Tarde o temprano tendrá que aprender a jugar con el hueco, que también es una forma de madurar.
Los ausentes tienen esa ventaja sobre todos los demás: nunca fallan un gol. Tampoco lo marcan.
Columna generada con IA e inspirada en el estilo de Jorge Valdano. No es un texto suyo: los recuerdos en primera persona son una recreación. Cómo se hace.