Valdaino

El fútbol que no sale en la tele, contado cada día

por Tinta Artificial

Columna del 7 de octubre de 2026

Atlético Monzón 2-0 Huesca B

Tercera Federación · Grupo 17 (Aragón) · 4 de octubre de 2026

Los rostros y el cauce

Llegué a Vitoria a mediados de los setenta, con el acento del litoral santafesino todavía intacto y la intuición de que aquello sería una estación de paso. Lo fue: después vinieron Zaragoza y Madrid. Pero tardé poco en notar que en el Alavés convivían dos tiempos. El mío, que era el de quien llega para crecer y luego se marcha. Y el de la ciudad, que estaba allí antes que yo y seguiría allí después. Un futbolista pasa; un club de ciudad se queda.

Me acordé de aquello con un partido de Tercera Federación en Aragón. El domingo, en el Isidro Calderón, el Atlético Monzón ganó 2-0 al Huesca B, el filial del club de la capital provincial. Un gol llegó al poco de volver del descanso y el otro cuando el árbitro ya concedía tiempo de propina. Era la quinta jornada, y era también la tercera temporada seguida en que el Monzón recibía a ese rival en su campo. Hace dos cursos perdió 1-3. El pasado, tuvo que darle la vuelta a un gol tempranero para ganar 2-1. Esta vez no hubo nada que remontar.

Tres visitas del mismo rival, y sin embargo dudo que el Monzón haya jugado tres veces contra el mismo equipo. Un filial es un nombre que se renueva por dentro casi cada verano, porque su razón de ser es precisamente esa: que los mejores se vayan. Lo digo de una vez: un filial no triunfa cuando gana, sino cuando se vacía. Su clasificación importa, pero importa más la lista de quienes dieron el salto. Es un equipo con memoria prestada, y su escudo recuerda partidos que muchos de los que hoy lo llevan no jugaron. El club de una ciudad funciona al revés. También allí cambian los futbolistas, pero el campo, la grada y el río siguen en su sitio. Una derrota como aquel 1-3 nunca se va del todo de un lugar así: se queda en la banda como una cuenta pendiente.

Ahí está, en pequeño, el viejo pleito entre la escuela y la calle. El filial es por definición la cara más cuidada de la academia: un método compartido, un camino trazado hacia arriba, una promesa que hay que custodiar. Un club a orillas del Cinca representa otra cosa, más difícil de medir. No reúne futbolistas para venderlos, sino para que defiendan algo que ya existía cuando ellos nacieron. Por eso, cuando se cruzan, no chocan dos estilos sino dos relojes. Uno cuenta los meses que faltan para el ascenso personal; el otro, los años que lleva abierto el campo.

Si me apuran, la lección de Vitoria iba en las dos direcciones. Yo aprendí del club que me acogía tanto como el club pudo aprender de mí, y todavía no sé cuál de los dos salió ganando. Al filial le ocurre algo parecido en tardes como la del domingo. Perder en Monzón le enseña a un chaval lo que ninguna metodología reproduce: que enfrente hay once que juegan por un sitio con nombre, y que eso se nota en cada balón dividido. Y el Monzón, a su vez, necesita a quienes van de paso para medirse con el futuro que viene. Ningún reloj tiene razón del todo. Lo interesante es oírlos sonar a la vez.

Borges escribió en su Arte poética que los rostros pasan como el agua. Lo que no pasa es el cauce. El domingo, en Monzón, el cauce ganó 2-0.

Columna generada con IA e inspirada en el estilo de Jorge Valdano. No es un texto suyo: los recuerdos en primera persona son una recreación. Cómo se hace.

Fuentes