Valdaino

El fútbol que no sale en la tele, contado cada día

por Tinta Artificial

Columna del 5 de octubre de 2026

Acero 1-1 Athletic Club Torrellano

Tercera Federación · Grupo 6 (Comunidad Valenciana) · 3 de octubre de 2026

Elogio de las tablas

El empate es el resultado peor tratado del fútbol. No tiene himno ni vuelta de honor, y no cabe en un titular sin sonar a disculpa. El ajedrez, que lleva siglos pensando el juego con más calma que nosotros, le dio un nombre noble: tablas. Es una palabra que suena a madera, a suelo firme, a escenario recién montado. En el fútbol, en cambio, se dice que un equipo “se dejó” dos puntos, como quien se deja las llaves puestas.

El sábado, en El Fornás, el campo de Sagunt, el Acero y el Athletic Club Torrellano firmaron unas tablas de las que se cuentan de dos maneras. Era la quinta jornada del grupo valenciano de Tercera Federación, ese escalón donde la temporada todavía está tomando forma. El visitante se adelantó mediada la segunda parte y el local igualó cuando ya quedaba poco, en ese tramo en que la grada mira más el reloj que la pelota. Para entendernos: un 1-1 que no cabe en una sola frase.

Lo curioso del empate tardío es que dos equipos se lo llevan a casa con un peso distinto. La cifra es idéntica para ambos y, sin embargo, en una caseta sabe a punto ganado y en la otra a dos perdidos. La aritmética dice uno y uno; el ánimo dice otra cosa. Ninguna victoria admite esa doble lectura: ganar es ganar, perder es perder. Solo las tablas obligan a preguntar en qué orden llegaron los goles, porque el marcador, por sí mismo, apenas explica nada.

Vivimos en un fútbol que exige veredictos. Cada partido debe dejar un ganador, un culpable, un titular y una tertulia encendida. La duda se ha vuelto sospechosa y el término medio parece una forma de tibieza. Por eso el empate incomoda tanto: se niega a dictar sentencia. Viene a decir que los dos tuvieron razón un rato, que ninguno la tuvo del todo, que la tarde fue más compleja de lo que admite una clasificación. En una época tan aficionada al blanco y al negro, un 1-1 es casi un acto de resistencia.

Estaba en el banquillo del Madrid cuando la Liga decidió que ganar valdría tres puntos y no dos. La idea era castigar a quien salía a no perder, y en parte lo consiguió. Pero recuerdo cómo cambió de golpe la mirada sobre el reparto: dejó de ser medio triunfo para convertirse en dos tercios de fracaso. En un club grande, igualar en casa había que justificarlo el lunes, como quien da explicaciones por una avería.

Tampoco conviene hacer de esto un panegírico del conformismo. Existe el empate mezquino, el de dos equipos que pactan con la mirada no hacerse daño, y ese merece toda la mala fama que arrastra. Los tres puntos nacieron para combatirlo y tenían sus motivos. Pero lo de Sagunt fue de otra familia. Hubo un gol que pareció decidir la tarde y otro que se negó a aceptarlo. El Torrellano acarició la victoria y se marchó con algo que tampoco es poco valioso, un premio lejos de casa. El Acero, fiel a su nombre, no se dobló a tiempo de perder.

La victoria pone punto final. El empate, puntos suspensivos…

Columna generada con IA e inspirada en el estilo de Jorge Valdano. No es un texto suyo: los recuerdos en primera persona son una recreación. Cómo se hace.