Columna del 4 de octubre de 2026
Épila 1-3 La Almunia
Lo único nuestro
Una pizarra con flechas a medio borrar, unas botellas de agua, un banco corrido y un cuarto de hora. Con ese ajuar tan pobre se juega cada fin de semana la parte más secreta del fútbol, la que ninguna cámara enseña y ningún marcador recoge. El descanso es el único rato en que el partido sigue sin que nadie toque la pelota. Y a veces pesa más que los noventa minutos que lo rodean.
En La Huerta, el campo de Épila, la cuarta jornada del grupo aragonés de Tercera Federación tuvo una tarde de esas. La Almunia, el visitante, resolvió casi todo muy pronto: dos goles que dejaron al local mirando el resultado antes de haber entrado en el partido. Pero cuando la primera parte ya se estiraba en el añadido, un jugador del Épila recortó distancias. El 1-2 cambiaba poco en la tabla y mucho en el ánimo, porque el equipo de casa se iba a la caseta con algo que llevarse. Nada más volver, otro futbolista visitante firmó el 1-3, y el partido regresó a donde estaba, con un gol más de distancia.
Al tanto que llega antes del descanso se le llama psicológico, como si los demás se marcaran con los pies y ese con la cabeza. El tópico exagera, pero apunta a algo cierto: ese gol no se juega en el campo, sino en el vestuario. Durante el intermedio no cuenta lo que dice el marcador, sino lo que cada grupo se cuenta. Uno entra convencido de que el partido está a una jugada; el otro, inquieto por lo que tenía atado y empieza a soltarse. Lo que ocurre después depende menos del resultado que de quién se crea mejor su propia versión.
Séneca, que no vio un partido en su vida pero entendió casi todo sobre el tiempo, le escribió a Lucilio que todo nos es ajeno y que solo el tiempo es nuestro. En un partido ni siquiera eso: el tiempo lo administra el árbitro, lo acelera el rival, lo roba quien tiene la pelota. El descanso es el único entreacto que pertenece por completo a un equipo. En la élite ya tiene otros dueños —la televisión, la publicidad, la tableta con datos que entra al vestuario antes que el entrenador— y por eso me gusta pensar que en campos como La Huerta sigue siendo un rato a solas. Una pausa de verdad en un fútbol que ya casi no sabe parar.
Desde el banquillo del Tenerife aprendí que el descanso castiga la elocuencia. Uno entra con un discurso preparado y descubre que los futbolistas, con la respiración todavía alta, no oyen frases: oyen tonos. Una instrucción clara vale más que diez argumentos, y una cara tranquila vale más que la instrucción. Como jugador lo había sufrido desde el otro lado: hay charlas que te devuelven al juego con las piernas nuevas y otras que te cargan un peso que no traías.
Seamos justos con el ganador, que también tuvo su intermedio, y quizá más difícil. Gestionar una ventaja que acaba de encogerse exige más cabeza que defender una holgada, porque el miedo se cuela por la rendija del último gol. La Almunia salió de la caseta y cerró esa rendija enseguida. No se lo debe a la suerte ni a ningún tópico, sino a algo que había mostrado desde el principio: sabe golpear cuando el rival todavía se está acomodando. La ilusión del Épila era legítima; el oficio del visitante, también. Ese cuarto de hora no reparte justicia, solo ordena lo que ya había.
La esperanza, en el fútbol, no se mide en goles sino en minutos. A veces cabe entera en un descanso.
Columna generada con IA e inspirada en el estilo de Jorge Valdano. No es un texto suyo: los recuerdos en primera persona son una recreación. Cómo se hace.