Columna del 3 de octubre de 2026
UM Escobedo 2-1 Selaya
Oro en la grieta
Si el fútbol llevara una contabilidad honrada, el gol en propia puerta figuraría en dos columnas a la vez: en el haber del rival y en el debe de quien lo marca. Es el único tanto que uno firma y otro celebra. El último sábado de septiembre, en el campo Eusebio Arce de Camargo, un futbolista de la UM Escobedo abrió así la cuenta frente al Selaya, cuando el partido apenas se había desperezado. Era la cuarta jornada del grupo cántabro de Tercera Federación, una de esas citas que no llegan a los telediarios, y todo empezaba torcido.
Lo que siguió parece escrito por alguien con debilidad por las segundas oportunidades. Un compañero empató al filo del descanso y, mediada la segunda parte, el mismo jugador que había adelantado al rival marcó el 2-1 que dio la victoria a los suyos. Nadie sabe del todo qué pasa por una cabeza entre una cosa y otra, pero quien haya jugado puede imaginarlo: las orejas calientes, la mirada que busca el suelo, la pelota que de pronto pesa como si estuviera mojada. Y una voz interior, muy convincente, que aconseja pedirla menos.
El autogol encierra una injusticia que no comparte ningún otro fallo: casi siempre lo comete quien estaba donde debía. Para marcar en tu propia portería hay que haber llegado a cortar, a despejar, a tapar. Quien se esconde no se equivoca de ese modo; se equivoca de otros más discretos, que nunca suben al resultado. Por eso me cuesta verlo como un defecto de carácter. Es más bien el accidente laboral de la responsabilidad. El fútbol de laboratorio lleva años tratando de reducir el margen de equivocación con protocolos, mediciones y jugadas ensayadas, y hace bien. Pero un futbolista sin tropiezos suele ser alguien que no se atrevió a intervenir.
Los ceramistas japoneses practican desde hace siglos un oficio llamado kintsugi: reparan las vasijas rotas con laca y polvo de oro. No disimulan la grieta; la subrayan, convencidos de que la pieza arreglada dice algo que la intacta calla. El 2-1 de Camargo es un cuenco de esa familia. La victoria no borra el primer gol, lo contiene: el tanto del Selaya lleva la misma firma que el último del Escobedo, y quien quiera entender lo que pasó tendrá que leerlo entero, con la fractura y con el oro. Una remontada así no repara escondiendo, sino dando sentido.
Cuando empezaba en Newell’s, equivocarme me asustaba más que cualquier rival. Tardé en entender que ese miedo se cura menos con valentía que con compañía. En Camargo, antes del 2-1, hubo un 1-1, y no es un detalle menor: alguien con la misma camiseta igualó justo antes de que todos se fueran al vestuario. La redención individual tuvo un andamio colectivo. Un compañero devolvió las cosas al punto de partida para que quien había tropezado no tuviera que remar contra su propia deuda. En estas categorías el equipo se parece mucho a una cuadrilla, y en una cuadrilla nadie se queda solo en el suelo.
Tampoco hay que hacer de esto una fábula. La mayoría de los goles en contra no encuentran desquite: se quedan ahí, como una piedra en el zapato, y quienes los cometen no son peores futbolistas por no haber tenido otra ocasión. La redención es un regalo de la pelota, no un mérito moral. Lo admirable no es que el balón entrara la segunda vez, sino que su autor siguiera ahí, dispuesto a intentarlo de nuevo. Eso sí depende de cada cual.
En el marcador de Camargo hay un nombre que aparece dos veces. Y las dos valen.
Columna generada con IA e inspirada en el estilo de Jorge Valdano. No es un texto suyo: los recuerdos en primera persona son una recreación. Cómo se hace.