Columna del 2 de octubre de 2026
Sineu 1-4 Manacor
Llegar tarde
El Manacor ganó el domingo en Sineu por 1-4 y volvió a casa sin una sola tarjeta amarilla. El Sineu vio cinco. Para situar a quien no frecuente la Tercera Federación balear: el visitante es el líder y ha ganado los cuatro partidos que lleva el campeonato; el local los ha perdido todos. Pero la tabla no explica esa desproporción de cartulinas. La explica algo anterior a cualquier clasificación: en el fútbol, quien no tiene la pelota llega siempre un poco tarde, y llegar tarde tiene nombre en el reglamento.
Al principio pareció otro partido. El Sineu se plantó con las líneas muy juntas para salir a la contra, y la idea le alcanzó para adelantarse y para merecer, como mínimo, el empate. Le duró un suspiro. El líder dio la vuelta al marcador antes del descanso, y en la segunda parte el esfuerzo acumulado se le cobró al local. Uno de los goles, de penalti, lo marcó un futbolista recién llegado desde el banquillo.
Cruyff repetía, con esa lógica suya que parecía infantil y era demoledora, que si tienes la pelota el rival no puede marcar. Le faltó el corolario físico: la pelota apenas cansa a quien la tiene. El que la posee decide cuándo acelerar y cuándo respirar; el que la persigue corre cuando se lo ordena el otro. Esa obediencia, sostenida durante tres cuartos de hora, se vuelve una deuda que el cuerpo reclama con intereses. Nadie se agota por correr mucho, sino por correr sin haberlo elegido.
Vista así, la tarjeta amarilla se parece menos a un juicio moral que a un parte médico. Rara vez la ve quien llega primero. La recibe quien mete la pierna donde estaba el balón un segundo antes, quien agarra una camiseta porque ya no le queda otra forma de detener lo que se le escapa. Cinco amonestaciones no retratan a un equipo violento, sino a uno que se pasó el mediodía entero corriendo detrás. Y la limpieza del otro lado tampoco es exactamente virtud: es comodidad. Resulta fácil ser elegante cuando nadie te obliga a pelear por nada.
En el Zaragoza jugué muchos domingos frente a rivales superiores, y aprendí allí una lección que ningún preparador físico me había explicado: contra el que es mejor uno no corre más, corre peor. Corre hacia donde estuvo la jugada y no hacia donde va a estar, y esa diferencia, que parece de centímetros, separa el cansancio que construye del que solo vacía. Con los años, ya en el Madrid, descubrí el reverso. El que domina también se fatiga, pero de otra manera: se aburre, se distrae, se cree a salvo. Es un cansancio con mejores modales.
Conviene no leer en todo esto una condena del planteamiento local. Esperar con las líneas juntas es una idea perfectamente legítima para quien sabe que tiene menos, y en el arranque le dio al Sineu exactamente lo que buscaba. El error, si lo hubo, no estuvo en el plan, sino en su precio, que siempre se paga al final. Camus, que fue portero antes que escritor, cerraba su ensayo sobre Sísifo pidiendo que lo imagináramos feliz, empujando una roca que sabe que volverá a caer. No sé si el Sineu fue feliz el domingo. Durante un buen rato, seguro que sí. Y no es poco.
Algún día al líder le tocará perseguir a alguien, y descubrirá entonces que el liderato también era esto: el lujo de no tener que pedirle perdón al árbitro.
Columna generada con IA e inspirada en el estilo de Jorge Valdano. No es un texto suyo: los recuerdos en primera persona son una recreación. Cómo se hace.