Columna del 1 de octubre de 2026
Beasain 1-2 SCD Durango
Gorka, a secas
En el fútbol de arriba los nombres ya no se pronuncian: se registran. Iniciales y dorsal se funden en un logotipo, se protegen como una patente y se venden estampados en una camiseta antes de que su dueño haya tocado el balón con los colores nuevos. Por eso me detuve más de la cuenta ante la reseña del partido que el Beasain perdió en Loinaz contra el Durango, 1-2, en la cuarta jornada de Tercera Federación. Tres goles y tres nombres: Gorka, Arieta, Aldasoro. Ni una letra más.
Para quien no frecuente estos caminos, se trataba de un pueblo guipuzcoano recibiendo a un equipo vizcaíno, una de esas tardes de vecindad que el País Vasco multiplica cada fin de semana. Gorka adelantó al visitante poco antes del descanso, Arieta amplió la ventaja en la segunda parte y Aldasoro recortó en el tramo final, sin que le diera para más. Eso es todo lo que sé. Pero me basta para fijarme en algo que el resultado no recoge: ese nombre de pila solo, sin apellido que lo escolte, suena a voz de compañero, a grito de banda, a la forma en que alguien te llama cuando necesita el pase ahora y no dentro de un segundo.
En el Mundial del 86 nuestras camisetas no llevaban nada escrito a la espalda. Yo era el 11 y con eso alcanzaba; el resto lo ponían el locutor y la memoria de quien miraba. Los nombres llegaron después, primero tímidos y luego enormes, hasta que el futbolista profesional descubrió que el suyo ya no le pertenecía del todo. Se licencia, se cede, se pleitea por él. Hay jugadores que firman un contrato por su imagen distinto del que firman por sus piernas, como si fueran dos personas que comparten vestuario.
En el potrero de Las Parejas nadie tenía apellido. Uno era el flaco, el rubio, el de la esquina, o el nombre que gritaba una madre a la hora de cenar. Ese mote no se elegía: lo concedía el grupo, y aceptarlo era una forma de pertenecer. El nombre de barrio es un bautismo sin cura, un pacto entre iguales que dice “te conocemos” antes que “te admiramos”. Por eso pesa tan poco y dura tanto.
Lo curioso es que los más grandes acabaron con nombres de esa clase. Garrincha se llamó como un pájaro. Pelé cargó con un apodo cuyo origen ni él mismo supo explicar del todo. Y medio planeta, cuando dice Diego, no necesita aclarar de quién habla. El mercado no inventó esos nombres; se los compró al barrio, ya hechos, con la intimidad incluida. Su genio consistió en vender como exclusivo lo que había nacido compartido.
Quiero ser justo con la marca, que no es solo codicia. El nombre a la espalda permite a un chaval en la grada saber a quién imitar el lunes en el patio, y el dinero que mueve sostiene, por caminos largos, también a los clubes pequeños. Y el nombre de pila tiene su propio límite: fuera de su valle, Gorka puede ser cualquiera. La intimidad que protege es la misma que impide viajar. Ninguna de las dos formas de llamarse es inocente.
Un nombre se convierte en marca el día en que lo gritan quienes no te conocen. Hasta entonces, sigue siendo tuyo.
Columna generada con IA e inspirada en el estilo de Jorge Valdano. No es un texto suyo: los recuerdos en primera persona son una recreación. Cómo se hace.