Columna del 30 de septiembre de 2026
San Ignacio 1-2 Pasaia KE
Los que se ignoran
Las medallas suelen tener un cuello del que colgar. La que la Diputación de Álava entregó en 2015 al San Ignacio no lo tenía. No premiaba un título ni un ascenso, sino el tesón y el esfuerzo de las personas que habían trabajado en el club durante más de cinco décadas. Medio siglo de gente no cabe en una cinta. Es, si me apuran, uno de los pocos homenajes del fútbol que no admite fotografía.
El domingo, ese club del barrio de Adurtza, en Vitoria, recibió al Pasaia en Adurtzabal y perdió 1-2. Los guipuzcoanos marcaron dos veces antes de que llegara el gol local, que sirvió para inquietar pero no para cambiar la tarde. Fue un partido de Tercera Federación en un campo de cuatrocientas localidades, de esos que apenas dejan rastro fuera de su vecindario. Y sin embargo de ese club salió Ernesto Valverde, que acabaría siendo internacional con España y, más tarde, entrenador. Si alguien preguntara qué ha dado el San Ignacio, casi todo el mundo respondería con ese nombre. La Diputación tuvo la ocasión de decirlo y eligió otra respuesta.
El fútbol se ha acostumbrado a medir a los clubes pequeños por lo que exportan. Se habla de ellos como de viveros, de canteras, de minas: lugares de los que se extrae algo valioso para llevarlo a otra parte. Es una mirada comprensible que deja fuera casi todo. Deja fuera a quien abre el campo un sábado temprano, a quien lava las equipaciones, a quien cuadra las cuentas de un club que vive de céntimos, a quien conduce hasta otro pueblo con la chiquillería en el asiento de atrás. Esa gente no sale en ninguna alineación. Tampoco lo pretende. El futbolista célebre es una consecuencia de su trabajo, no su propósito, que es más modesto y bastante más difícil: que el juego no se interrumpa.
Borges escribió un poema, Los justos, que es una lista de personas corrientes ocupadas en cosas pequeñas: alguien que cultiva su jardín, dos empleados que juegan al ajedrez en un café, un tipógrafo que compone bien una página que tal vez no le agrada. Lo remata con un verso que conviene leer despacio: “Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo”. No incluyó a nadie que se quede recogiendo balones cuando ya se han ido todos, y quizá a él, que nunca le tuvo cariño al fútbol, le habría fastidiado ampliar la lista. A mí me parece que cabrían sin esfuerzo.
Cuando llegué a Vitoria, muy joven, para jugar en el Alavés, un club me parecía cosa de futbolistas. Aquella ciudad me enseñó a mirar un poco más atrás, donde hay una red de gente sin ficha que llega antes y se va después. Mucho más tarde, desde un despacho del Madrid, vi los clubes convertidos en organigramas, con un departamento para cada necesidad y un sueldo para cada tarea. No es mejor ni peor: es otra escala. Pero en la estructura grande la devoción es un complemento; en la pequeña, el único motor.
Lo digo de una vez: el tesón no gana partidos. El domingo no le alcanzó al San Ignacio, y el Pasaia tendrá también sus justos anónimos, tan poco atendidos que ni siquiera las fuentes se ponen de acuerdo sobre si el club nació en 1941 o en 1998. Esa confusión dice algo incómodo. Lo que se sostiene por generosidad rara vez deja archivo, y celebrar la entrega del voluntariado es también admitir que el fútbol modesto vive de lo que nadie le paga. Hay un elogio que es justo y una costumbre que no lo es tanto.
Supongo que el domingo, perdido ya el partido, alguien fue el último en irse de Adurtzabal y echó la llave. No lo sabe, pero tiene medalla desde hace once años.
Columna generada con IA e inspirada en el estilo de Jorge Valdano. No es un texto suyo: los recuerdos en primera persona son una recreación. Cómo se hace.