Columna del 29 de septiembre de 2026
Unionistas de Salamanca CF B 0-0 Turégano
El partido sin resumen
Escribo con un marcador delante y poco más. Unionistas de Salamanca B, cero; Turégano, cero. Cuarta jornada del grupo de Castilla y León de Tercera Federación, en el Ángel Pérez Huerta. No hay goleadores que nombrar, ni declaraciones, ni una jugada que alguien se haya molestado en contar después. Lo confieso de entrada: no sé qué pasó allí. Y sospecho que esa ignorancia, que en otro oficio sería un problema, en este caso es precisamente el asunto.
El fútbol de nuestros días se consume en trocitos. Un gol dura unos segundos en el teléfono y viaja más deprisa que el propio partido; hay quien sigue una Liga entera sin ver jamás noventa minutos seguidos. En esa economía del recorte, el empate sin goles es una anomalía: no produce nada que se pueda enviar. No tiene momento, no tiene clímax, no cabe en un vídeo vertical. Para entendernos, es el único marcador que no admite traducción para quien no estuvo.
Por eso me parece, a su manera, un marcador íntimo. Lo sucedido en Salamanca pertenece solo a quienes estaban: los futbolistas, los dos banquillos, el árbitro, la gente de la grada, mucha o poca, no lo sé. Ellos saben si fue una tarde trabada o abierta, si hubo un palo, una parada, una ocasión que alguien seguirá rumiando bajo la ducha. Los demás tenemos dos ceros, que es lo más parecido a una puerta cerrada. Hay algo artesanal en eso: un fútbol que no se reproduce, que no tolera copias, que hay que haber vivido para poder recordar.
En 1952, John Cage estrenó una obra titulada con su propia duración. Un pianista se sentaba ante el instrumento y, durante cuatro minutos y treinta y tres segundos, no tocaba una sola nota. Lo que el público escuchaba era lo que ya estaba ahí: el viento, la lluvia sobre el tejado, murmullos, butacas. La pieza consistía en eso, en obligar a oír lo que el ruido habitual tapa. El cero a cero tiene algo de esa partitura. Cuando falta el gol, que es el estruendo que lo ordena todo, queda a la vista lo demás: el pase que llega, la defensa que cierra a tiempo, la paciencia de esperar algo que no se sabe si vendrá. El juego de siempre, digamos, sin el grito que suele cubrirlo.
He jugado y he visto muchos empates sin goles, y algunos los recuerdo mejor que ciertas goleadas. La goleada se explica sola; el cero hay que interpretarlo. En un campo embarrado, con las piernas pesadas y el tanteador quieto, uno aprende que no marcar no equivale a no jugar, y que a veces la mejor tarde de un defensa es la que nadie comenta.
No sé si conviene idealizarlo. Hay empates que son pura parálisis, dos equipos atrincherados en el miedo a perder, y esos merecen el olvido que reciben. La ausencia de goles no es virtuosa por definición; también puede ser el fruto del fútbol que menos me gusta, el que especula y se conforma. Y a estas alturas, con casi todo el campeonato por delante, el punto quizá sepa a poco en una orilla o a mucho en la otra. Pero eso, otra vez, solo lo saben ellos.
Dos ceros en Salamanca. Cage lo dejó dicho en su Conferencia sobre nada: “No tengo nada que decir, y lo estoy diciendo”.
Columna generada con IA e inspirada en el estilo de Jorge Valdano. No es un texto suyo: los recuerdos en primera persona son una recreación. Cómo se hace.