Columna del 23 de octubre de 2026
México 2-2 Real Aranjuez
Cante de ida y vuelta
La guajira, la milonga y la colombiana son palos del flamenco que se conocen como cantes de ida y vuelta. Salieron de los puertos andaluces en las bodegas de los barcos, se dejaron contagiar en América por otros ritmos y otro calor, y regresaron cambiados, con un acento que ya nadie sabe de qué orilla es. Hubo puristas que los miraron por encima del hombro. Hoy se cantan con la misma naturalidad que una soleá, porque se acepta que una música puede emigrar, mezclarse y volver a casa siendo otra. Al fútbol le pasa algo parecido, aunque se hable menos de ello.
Llegó al Río de la Plata con marineros y ferroviarios británicos, aprendió allí a regatear entre baldosas y potreros, y un día volvió a Europa hablando otro idioma. Di Stéfano cruzó el océano, después de una escala en Bogotá, y le enseñó al Madrid una forma de ocupar el campo entero que no figuraba en ningún manual. Yo hice ese viaje muy joven y todavía hoy, en mi oído, conviven las dos riberas. La pelota, como la guitarra, nunca entendió de aduanas.
Por eso no me extraña que en la Tercera madrileña compita un club llamado México. El sábado recibió al Real Aranjuez en La Oliva, en Majadahonda, y el partido tuvo la forma de un cante a dos voces. El local se adelantó de penalti y el visitante respondió casi enseguida; el México volvió a ponerse por delante y el Aranjuez volvió a contestar antes del descanso. Cuatro goles, cuatro frases, cada una con su réplica. Después, una segunda parte entera sin goles, como si ambos hubieran dicho ya cuanto tenían que decir. El 2-2 no fue un reparto, sino una conversación.
Días más tarde, en esas mismas instalaciones, el propietario del Rayo Majadahonda, un club distinto que tiene allí su estadio y compite en Primera Federación, celebró su cumpleaños enseñando unas obras que ya lucen reformadas aunque siguen sin terminar. Es un empresario mexicano; su grupo tomó el control del club la temporada pasada y lo subió de categoría. Habló del fútbol español con una admiración que aquí no solemos permitirnos: dijo que le parecía algo increíble, otra cosa, muy distinta del que se juega en su país. Esta vez, el viaje de ida y vuelta lo hacía el capital.
¿Qué es esa otra cosa? Sospecho que no está en los palcos ni en los contratos, sino en el espesor. Debajo de cada club que sale por televisión hay cientos que juegan lejos de cualquier foco, con nombres improbables y futbolistas que el lunes madrugan para ir a otro trabajo. Quien llega de fuera admira la punta de una pirámide cuya anchura no se ve. Hace unas semanas empezó a rodarse una película sobre la infancia de Alexia Putellas, sobre los años anteriores a la estrella. El cine parece descubrir ahora lo que el fútbol sabe desde siempre: lo decisivo ocurre antes y abajo. Una reforma levanta gradas nuevas. Esa base no se compra: se riega.
No quiero hacer de esto una fábula de buenos y malos. El dinero que cruza el mar no es un invasor por definición; en el fútbol modesto, muchas veces marca la diferencia entre seguir o desaparecer, y tiene su mérito que alguien mire nuestro fútbol con unos ojos que nosotros hemos perdido. Tampoco conviene idealizar aquel sábado. Una segunda parte en blanco admite otra lectura, la de dos equipos que se neutralizaron, y el Aranjuez llegaba de empatar ante el Colonia Moscardó. Hasta las mejores conversaciones se estancan.
“Yo no soy de aquí, pero tú tampoco. De ningún lado del todo y de todos lados un poco”, canta Jorge Drexler, otro rioplatense que echó raíces a este lado del mar. Podría ser el himno de un club de Madrid que se llama México.
Columna generada con IA e inspirada en el estilo de Jorge Valdano. No es un texto suyo: los recuerdos en primera persona son una recreación. Cómo se hace.