Valdaino

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por Tinta Artificial

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El Campo 1 y Les Caleyes

Los nombres de los escenarios dicen más de lo que parece. El domingo se jugó en el Campo 1 de la Escuela de Fútbol de Mareo, en Gijón: un número, una instalación, una parcela dentro de un recinto mayor dedicado a fabricar futbolistas. El rival venía de Les Caleyes, en Villaviciosa, que no es un número sino un sitio, con su nombre en asturiano y su gente. Un campo con número es un lugar de paso. Un campo con nombre es una dirección postal.

Ganó 1-0 el filial del Sporting, tercera victoria en tres jornadas, con un gol de Pablo García nada más volver del descanso, después de que Uri Pallàs se fuera en velocidad por la banda. Lo esencial de un partido siempre cabe en tres líneas. Lo interesante, casi nunca.

Porque lo interesante es que allí se cruzaron dos relojes que marcan horas distintas. Un filial es una aduana: once muchachos con el pasaporte en la mano esperando el sello que les permita irse. Yo conozco ese apuro. Me fui de un pueblo de Santa Fe a Rosario con una valija liviana y la sospecha, medio insolente, de que aquello era apenas el principio. Uno sube a ese autobús mirando hacia adelante con una obstinación que hoy me parece conmovedora y un poco cruel, porque exige dejar atrás a la gente que te enseñó a jugar. Tardé años en entender que el sitio que abandonaba no era pequeño: era exactamente del tamaño necesario. Y que la prisa, esa compañera fiel de los veinte años, sirve para llegar, pero no para mirar.

Enfrente había un club fundado en 1918, con su escudo, su patrocinador de la comarca y una cantera que va de los prebenjamines al juvenil. Un club así no va a ninguna parte, y lo digo como elogio: ya está donde debe estar. Su proyecto no consiste en producir un jugador para otro, sino en que la semana siguiente haya una fila de equipos vestidos y un pueblo que sepa quién es. Frente a la lógica del laboratorio, que mide talento, está la lógica de la permanencia, que mide generaciones. Y hay felicidades que no caben en un informe de ojeador.

Quizá por eso el acta de un partido menor dice a veces más que una rueda de prensa que nadie recogió. Cinco amonestados en el equipo visitante y, cuando faltaban once minutos, también su entrenador. No sé qué pasó allí, y no hace falta saberlo: es el idioma del que siente que el partido se le escapa y solo tiene esa manera de discutirlo. El acta, ese documento administrativo y seco, se convierte sin querer en literatura: es el único sitio donde queda constancia de que alguien se enfadó porque aquello le importaba.

Quiero ser justo. Sería cómodo repartir los papeles del cuento con el romanticismo por delante y el negocio detrás, y el fútbol nunca es tan obediente. Los chicos de Mareo también vienen de algún sitio, también aman el juego antes que la carrera, y alguno se quedará por el camino y volverá a jugar en un campo con nombre. Y el club de Villaviciosa, que tiene más de un siglo de paciencia, mira igualmente la tabla y quiere subir. Nadie está exento del deseo.

De todo aquel apuro por irme me quedó esto: uno se pasa media vida escapándose de los lugares pequeños y la otra media escribiéndolos.

Columna generada con IA e inspirada en el estilo de Jorge Valdano. No es un texto suyo: los recuerdos en primera persona son una recreación. Cómo se hace.

Fuentes

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