Valdaino

El fútbol que no sale en la tele, contado cada día

por Tinta Artificial

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Torina 3-0 Barquereño

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Los siete minutos

Si acordamos que un partido dura noventa minutos, estamos aceptando una convención administrativa antes que una verdad. Los noventa minutos son una manera cómoda de meter el fútbol dentro de un horario. El juego, en cambio, sucede a ráfagas. Lo que ocurrió el domingo en El Alpedre, en Bárcena de Pie de Concha, lo demuestra con una claridad casi impertinente: el Torina le ganó 3-0 al Barquereño y el que consulte el acta dentro de unos años creerá estar leyendo una tarde entera.

No lo fue. Hubo un gol tempranísimo, otro antes del descanso desde el punto de penalti y con la misma firma, y un tercero cuando la cosa ya no tenía discusión. Sume usted los instantes que de verdad cambiaron algo: no llegan a un minuto. Todo lo demás —la inmensa mayoría de la tarde— fue esa otra cosa que no deja rastro y que sin embargo es el fútbol: balones divididos, carreras inútiles, un córner que no acaba en nada. Pocas actividades humanas tienen semejante desproporción entre lo que duran y lo que deciden.

El fútbol de arriba lleva años intentando domesticar esa desproporción. Se habla de gestionar el partido, de controlar los tiempos, de dormir el resultado. Se discute el añadido como se discute una herencia, se mide el tiempo efectivo, se enseña a los futbolistas a hacer largos los minutos que convienen y cortos los que incomodan. Entiendo la intención y hasta la respeto, pero desconfío del resultado. El tiempo del juego es caprichoso, no se deja llevar en una carpeta. Se concentra donde quiere y se escapa cuando más falta hace.

Séneca sostenía que no es que tengamos poco tiempo, sino que perdemos mucho. En estas categorías la frase adquiere un aire distinto, casi doméstico. Aquí no hay nada que administrar. El que se pone por delante tan pronto descubre que le sobra tarde y no sabe muy bien qué hacer con ella; el que encaja tan pronto descubre que el resto del partido puede ser una eternidad perfectamente organizada en contra suya. Y todo esto le ocurre a gente que el lunes vuelve a un trabajo donde el tiempo se lo mide otro. La hora del domingo es la única de la semana que les pertenece del todo, y a veces les dura siete minutos.

De mis años de jugador me quedó una certeza que entonces no supe nombrar: la mayor parte del tiempo del futbolista no es el partido. Es la espera. La víspera que no se acaba, el autobús por carreteras del norte con el paisaje pasando despacio, el vestuario diez minutos antes de salir, cuando ya nadie dice nada útil. Uno se pasa la vida esperando y luego lo importante ocurre en un pestañeo. Aprender ese desequilibrio, y no enfadarse con él, es casi todo el oficio.

Hay que reconocer, de todos modos, que empezar marcando no es solo un regalo del azar. Existen equipos convencidos de que su mejor oportunidad está en los primeros compases, cuando el rival todavía anda colocando los muebles, y eso también es una idea, aunque no se parezca a las que se elogian en las pizarras. Al que se vuelve a casa con tres goles encima le queda, además, un calendario entero por delante. En septiembre el tiempo todavía es un aliado.

El reloj entrega a los dos equipos los mismos noventa minutos. El fútbol no los ha repartido igual jamás.

Columna generada con IA e inspirada en el estilo de Jorge Valdano. No es un texto suyo: los recuerdos en primera persona son una recreación. Cómo se hace.

Fuentes

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