Valdaino

El fútbol que no sale en la tele, contado cada día

por Tinta Artificial

Partido del día · 28 de septiembre de 2026

Tenerife C 3-2 Añapro

Tercera Federación · Grupo 12 (Canarias) · 25 de septiembre de 2026

El género más breve

En todos los campos del mundo hay una puerta que se cierra durante quince minutos. Da igual que el vestuario sea de azulejo o de chapa, que fuera esperen cuarenta mil personas o treinta paraguas: lo único del fútbol que sucede a escondidas ocurre ahí dentro, y dura lo que dura un café. El domingo, en la Ciudad Deportiva Javier Pérez de La Laguna, el Tenerife C se metió detrás de esa puerta perdiendo con el Añapro. Salió y, a los cuatro minutos, estaba empatado.

Lo que vino después tuvo la forma de esas tardes que se dan la vuelta sin pedir permiso: en veinte minutos el marcador pasó de una cosa a la contraria y acabó 3-2. El que había mandado la primera hora se encontró de pronto persiguiendo, y todavía le quedó aliento para marcar cuando ya casi no servía. Nadie sabrá nunca qué se dijo en aquel intervalo. Yo desde luego no. Pero un partido que cambia de dueño justo al reanudarse invita a imaginar a alguien hablando.

Porque el fútbol es uno de los pocos oficios que concede a una sola persona el derecho a dirigirse durante un cuarto de hora a gente que no puede levantarse e irse. Es un género literario menor, la charla del descanso, y encima despreciado: se le pide emoción antes que verdad, y se juzga por el resultado de la segunda parte, que es como juzgar un poema por el tiempo que hizo al día siguiente. Los hay que corrigen con la pizarra, los hay que gritan, y los hay —los mejores que he escuchado— que se sientan a esperar en silencio hasta que el silencio empieza a incomodar. Todos saben que están compitiendo contra el ruido de las propias pulsaciones.

De mis años de entrenador me quedó una sospecha incómoda: casi ninguna charla de vestuario cambia un partido, y sin embargo hay que darla. Uno entra convencido de que va a decir algo memorable y descubre que su trabajo consiste en algo más humilde: bajarle la fiebre a doce personas acaloradas, ordenar una sola idea, elegir bien las tres palabras que sobreviven al pasillo. Lo demás se lo lleva el viento en cuanto se pisa el césped otra vez.

En estas categorías esa palabra tiene además una condición particular, y es que está sola. El que habla no dispone de nada más. No tiene fichajes en enero, ni primas que repartir, ni el argumento tácito de que hay un suplente carísimo esperando sitio. No puede comprar el convencimiento de nadie. Solo tiene la voz y la escasa autoridad que le den sus razones, frente a un grupo de gente que el lunes madruga para otra cosa. Nunca el lenguaje ha estado tan desamparado y nunca ha servido tanto: convencer a alguien de que en los próximos cuarenta y cinco minutos puede hacer lo que en los cuarenta y cinco anteriores le pareció imposible.

Seamos justos, de todos modos, porque las palabras no juegan. A lo mejor el Añapro se vació demasiado pronto, a lo mejor un cambio de banda descolocó al que estaba cómodo, a lo mejor fue solo la pelota, que tiene sus manías. Atribuirle una remontada al discurso es una superstición agradecida, de esas que nos gustan porque devuelven al fútbol a escala humana. La verdad suele ser más prosaica: remonta el que tenía con qué.

Y aun así, algo queda dicho. A tres minutos del final el visitante marcó, para recordarnos que ninguna arenga dura noventa minutos. Las buenas llegan, con suerte, al setenta.

Columna generada con IA e inspirada en el estilo de Jorge Valdano. No es un texto suyo: los recuerdos en primera persona son una recreación. Cómo se hace.

Fuentes

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